martes, 27 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"
     
           Solo para mayores
     
                 Doce capítulos           Parte VI





La noche no fue diferente a otras en el aspecto externo. La cena, sin mucha charla, algo de televisión, el beso rutinario de las buenas noches, y un libro antes de apagar la luz.
Sin embargo, Fabián no tenía la menor idea de lo que ocurría a su alrededor. Su espíritu parecía haberse desprendido del cuerpo que realizaba las tareas mecánicas de comportamiento social para sumirse en un estado místico, Contemplativo. Ese universo de meditación tenía un único destino: Ornella.
Finalmente quedó dormido.
No alcanzaba a distinguir el rostro de la silueta de capa y sombrero, que con lentitud exasperante se acercaba inexorable. Ya sabía quién era, y si bien no le temía, necesitaba desesperadamente cerrar un pacto con ella, establecer una prórroga que le permitiese gozar  de la ilusión perdida. Una prórroga que le diera la oportunidad de amar.
Una oportunidad de sentirse nuevamente persona
Levantó las manos como para un armisticio, y en respuesta vio el filoso reflejo metálico de la guadaña en ominoso avance. El miedo, no a la muerte, si no a sus consecuencias, lo paralizó.
El ala del sombrero abrió un resquicio por donde se filtró la imagen de un rostro impreciso, casi sin luz, casi sin rasgos.
La noche se quebró con un grito espeluznante.
La cabeza se separó del tronco, y de ella el sombrero.
Ornella aun blandía la espada, que recorriendo un semicírculo, dibujó el trayecto con una llovizna de sangre.

 Arnaldo Zarza.
                                     Continuará.

domingo, 25 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"
                        
             solo para mayores
              
            Doce capítulos                        Parte V



Me llamó por teléfono de un locutorio cercano a la vivienda de Ornella. No era el Fabián de siempre. Parecía un quinceañero celoso e inseguro.  
Le dije lo que me parecía:
-Es una calienta bragueta.
-¿Qué?
-Lo que escuchó, Fabián, una calienta bragueta.
-¿Por qué me dice eso, Norberto?
- Lo está calentando sin motivo aparente. He conocido a minas como esa.
-No piense así, a mi me parece que es un poco soñadora, y, aunque le resulte poco creíble, tímida.
Ja, tímida. No me animé a bajar de la rama a mi amigo. ¿Por qué herirlo?  
Cuando nos encontráramos ya tendría ocasión  de hacerle entrar en razón.
-¿Entonces nos vemos en la cena?
-Sí, Norberto, ya va a ver cuando la conozca que no es lo que usted se imagina. El culpable soy yo al transmitirle una imagen errónea de ella.
No pude con mi genio, y pregunté.
-¿Y el gallego?
-El galleguete es otra cosa.-Contestó cortante. Se despidió y corto.
Carajo, que metejón le había agarrado.

Arnaldo Zarza
                                            Continuará.

"Unos pocos días de primavera·
                          Solo para mayores
          Doce capítulos                          Parte IV




El encuentro programado me había puesto particularmente sensible.
En la tarde de octubre bañada por el sol cálido y sin nubes, la suave brisa primaveral rociaba las calles de aromas florales y garrapiñadas.
Mientras las golondrinas retozaban en la bóveda azul, la gente caminaba sin prisa por “Rivadavia”, mirando vidrieras, paseando, o volviendo a sus casas del trabajo. Los niños correteaban con sus cucuruchos de helados y los pájaros de los árboles cercanos trinaban alegres saltando de rama en rama. En ese ambiente bucólico, los colores me parecían más brillantes que de costumbre, y la gente, buena. Juro que no había consumido nada.
Dicen que la realidad se ve según el cristal con que se mire, el mío era el del amor.
La vida era bella, ese 28 de octubre.

Nos habíamos citado en la puerta de la confitería a las cinco de la tarde, el convite fue para enseñarle uno de los sitos típicos de la ciudad. En principio me había ofrecido para buscarla por su casa, pero no quiso, no hubo caso, se tomaría el subte.
-“Quiero aprender a manejarme sola en la ciudad”- Me dijo.  También me comentó que un amigo le prestaba el departamento.
Eran las cuatro y media, y ya hacía como diez minutos que caminaba por el frente de la confitería. Pensé en entrar y tomar un café para hacer tiempo, pero deseché la idea. -No sea que venga antes y no me encuentre-. Me acerqué a un kiosco de revistas y me apoyé sobre el bastón mientras hacía que miraba alguna cosa. Me dolía un poco la rodilla derecha, un problema en la rótula, que seguramente terminaría en manos del cirujano. Fue esa tarde, cuando llegó con media hora de atraso y ninguna disculpa, cuando me dijo que con el bastón parecía un abuelito. Se rió pícara, y me dio un beso en cada mejilla, como según ella lo hacían en Italia, o España, no recuerdo donde. A partir de allí siempre me dijo “abuelo” o “abuelito”, omitiendo mi nombre de pila.
Estaba más linda que días atrás, cuando la conocí. Esta vez tenía puesto una remera roja para el infarto, el escote no era muy grande, pero no hacía falta más, los pechos se dibujaban en la tela ajustada sin dejar margen a la imaginación, los pezones resaltaban favorecidos por el color y textura de la tela. Desgraciadamente traía pantalones, y no le pude ver las piernas.
Nos sentamos al lado de la vidriera que da a la calle, como ella quería.
La conversación fue amable y diplomática, como si los sucesos del viaje de la fábrica a Buenos aires no hubieran existido. Por más que le mirara las tetas descaradamente, mi autoestima fue decayendo a medida que pasaban los minutos, los sándwiches, masitas, y tés.  
Ella sonreía y no se daba por aludida, me contaba cosas de su facultad, me preguntaba sobre Buenos Aires, y trivialidades por el estilo. ¿Jugaba conmigo, yo era un tonto, o simplemente ella era así? Aun hoy no lo sé.  
Ya casi al finalizar la velada, después de pedir la cuenta, siento que un pie desnudo se mete por la botamanga del pantalón y me acaricia la pierna.
-Gracias Abuelito.-Me dice, tomándome las manos con sonrisa angelical.
Esa mujer me sorprendía, y lograba que de la nada tuviera una erección.
No quise salir de inmediato, pero ella ya se había incorporado, así es que, exagerando un poco mi cojera, salí algo encorvado y humillado del salón.  
Viajamos en subte, como era su deseo. Creo que la presencia de dos sacerdotes en el coche dio lugar a su pregunta.
-¿Crees en dios abuelito?
-Soy agnóstico.
-Lo suponía.
-¿Por qué?
-Escuché por ahí que eres masón.
-Haa. ¿Y vos?
-No siempre, a veces.
-¿Cómo es eso?
-Cuando tengo miedo.
-No es mala idea.-Dije riendo.- Es una manera de protegerte.
-De joven…-Me miró, quedó sin terminar la frase.
-Sos joven.
-De más joven, quise ser monja, hice el noviciado en un convento. Pero no tomé los votos.
-¿Qué pasó, perdiste la fe?
-Ya pasó mucho tiempo.
El subte se detuvo en la estación Perú, la escalera mecánica hasta la acera de Avenida de mayo fue un alivio para mi maltrecha rodilla.  
Chacabuco 120, segundo piso D. Timbre; y abre la puerta un morocho de no más de treinta, delgado, apenas más alto que ella, ojos negros, cabello enrulado, corto, rostro enjuto. Parecía un bailaor de flamenco, tenía las uñas largas, y el don de molestarme su presencia.
-Juanito, él es Fabián.-
-Vaya que es buen mozo el abuelo.-Dijo el galleguete sonriendo con sorna, antes de zamparle un beso, que no estoy seguro si fue en la boca, o por ahí cerca.
No me invitaron a pasar.
-Gracias abuelito, fue una tarde fantástica.-Me dijo bajito, adelantándose un paso hacia mí.-Te agradezco de corazón.-Tomó mi mano derecha y la posó en su seno izquierdo, cálido y mullido.
El contacto fue breve, letal. Mi cuerpo en cortocircuito temblaba, y en mi delirio, experimenté algo muy parecido a la felicidad. Torpemente quise retener su mano, que se escurrió de entre las mías con la facilidad de lo inalcanzable. Busqué en mi memoria las palabras que debía decir, pero no estaban, se habrían traspapelados por el desorden interno, pues sé que en alguna ocasión las había usado. El tiempo me jugaba en contra. Ella sonrió con malicia al cerrar la puerta
-No juegues conmigo.-Le dije a la puerta de roble que se ubicó frente a mis narices.

Arnaldo Zarza                   
                                                           Continuará.

viernes, 23 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"
               Solo para mayores



Doce capítulos                       parte III

Mi contacto con la empresa es esporádico, filmo los acontecimientos sociales y a veces me piden fotos. Me refiero a la láctea, donde Fabián debía ofrecer un pequeño discurso en el transcurso de la fiesta aniversario de esta.
Días atrás, comiendo en un restaurant donde me citó e invitó, me habló de un romance o algo así, que si no fuera por quién lo contaba, no le hubiera dado el menor crédito.
Fabián, excitado como un chico, dibujó un rápido esbozo de la historia, que olía y sabía sabrosa desde donde se la mirara.  
Hablamos bajito, entre plato y plato, copa y copa, se fue forjando un clima de hermandad conspirativa, que repasaba una y otra vez los acontecimientos pasados y los pasos a seguir. Él, ansioso, analizaba el comportamiento de Ornella desde que la conoció. Si bien por momentos pensaba en la intencionalidad de los actos de la tanita, como a veces la llamaba, al rato me decía que todo fue casual, y que por ahí era solo simpatía lo que ella sentía por él.
En principio me pareció lógico ese sentimiento ambiguo, y sentí que debíamos seguir indagando en el por qué de ese comportamiento. Seguramente, en la cita que habían convenido en la confitería “Las violetas”, donde yo debía servir de alcahuete,  mi amigo tendría ocasión de resolver el intríngulis. 
El pobre Fabián estaba totalmente entregado a la tanita, así es que buena parte de la sobremesa seguimos confabulando y dándole significados a los actos de Ornella.
Al día siguiente llamé a Clotilde, la mujer de Fabián, para decirle que teníamos reunión en el comité, no soy político, pero a veces colaboro con el partido, igual que mi amigo.

Arnaldo Zarza.
                                              Continuará.



miércoles, 21 de julio de 2010

                    
“Unos pocos días de primavera”

                     
                      Solo para mayores

Doce capítulos                           Parte II


Fue el lunes pasado cuando lo llamé. Necesitaba desesperadamente compartir con un amigo los acontecimientos que me tocaban vivir, hablar de la historia que amenazaba cambiar parte de mi vida por otra llena de esperanzas y deleites. Sentía ese hormigueo característico de las situaciones donde contar, ser escuchado y repreguntado producía casi tanta satisfacción como el pecado del que se habla. Necesitaba la complicidad de un amigo para charlar de los temas prohibidos, de los detalles, de los sueños y realidades.
Mi vida transitaba un momento particular que seguramente no se repetiría, y precisaba compartirlo, hablar y discutir hasta el cansancio, disfrutar y sufrir de esa pasión en ciernes que no sabía a qué puerto llegaría.
-Hola, ¿Norberto?
-Cómo le va Fabián, ¿que cuenta?
-Quería invitarlo a almorzar, me gustaría hablarle de unos asuntos, si tiene tiempo para una larga sobremesa.
El restaurant Vasco-Francés es uno de esos lugares señoriales donde se come bien y la atención es discreta, de tal modo que la conversación puede fluir sin demasiadas interrupciones. Allí estábamos los dos, sentados en un discreto rincón del salón.
-Gambas al ajillo.-Fue la entrada consensuada con Norberto. El mozo se retiró en silencio, y nosotros quedamos mirándonos por un momento, como sopesando lo que íbamos a decir, y quién lo diría primero. Como yo había urdido el encuentro para tratar el tema de mis desvelos, me sentí en la obligación de iniciar la charla, aunque no quería ir directamente al grano por una cuestión de delicadeza. Y me pareció adecuado iniciar la conversación con preguntas y comentarios triviales, para luego entrar de lleno en el tema que me interesaba.
-¿La familia?
-Bien, gracias.
-¿Su señora?
-Hace dos años que nos separamos.
-Sí, claro.-Contesté incómodo. Pero me repuse de inmediato.
-Mire que culo bárbaro, Norberto.-El comentario me salió del alma, y de paso me ayudó a zafar del estúpido preámbulo en el que me había metido, La dama en cuestión, que oportunamente pasó por allí, y a quién no vi el rostro, merecía el elogio, y fue un deleite verla alejarse cadenciosamente de nosotros. Norberto lanzó una mirada de experto, y con una sonrisa convalidó mi expresión.
-Bien, se lo diré sin rodeos.- Tomé un trago largo de vino, lo observé con cuidado para determinar si me prestaba atención, y largué el rollo.- Se trata de Ornella, una chica italiana que vino a la Argentina por unos estudios de posgrado. Es licenciada en estadística.
Me miró sin decir palabra, asintiendo con la cabeza y esperando que largara el rollo. Norberto sabía que no lo hubiera citado simplemente para contarle que había conocido a una joven becaria Italiana.
Le empecé a contar, Norberto masticaba las gambas sin apartar la vista de mis ojos, cada tanto se acomodaba en la silla y lanzaba una interjección, o una pregunta corta que aclarara algún punto.
-Caramba, es de no creer. Me parece una historia extraordinaria.- Me dijo, cuando la historia aun no llegaba a ser extraordinaria.
-La va a conocer el próximo sábado.
-¿Dónde?
-En la comida del aniversario de la empresa. Está invitada.
-Ha logrado usted despertar mi curiosidad, Fabián, no me perdería por nada del mundo la cena del  sábado.
Sus palabras sonaron sinceras, y no como gesto corporativo de varones amigos.
-Pero antes del sábado necesito otro favorcito, si no es mucho pedir.
-Diga.-Me dijo, y yo desconté que me ayudaría.
-Preciso una coartada para el viernes por la tarde, debemos inventar una.-Una sonrisa grande brotó de su rostro.
-Picarón. No pensé que tan adelantado estaba el romance. Me dijo burlón.
-No, no interprete bien, todavía no. Solo se trata de tomar el té en “Las violetas”, pues le prometí enseñarle alguno de los lugares emblemáticos de Buenos Aires. 
-Sí, claro el té…-Y a continuación dijo una barbaridad, de la cual reímos los dos.
Quién no me conociera podría resultarle curioso que no me tuteara con un amigo de tantos años. Pero esa era una costumbre que la había tomado de mi padre, y un amigo de él de toda la vida.  
Una tarde, al poco tiempo de conocernos, con Norberto, en La academia, el café de callao y corrientes, me dice:
-Fabián. ¿Por qué no me tutea?  Tal vez como invitación a la reciprocidad.
-Usted debe hacerlo, si gusta, yo a mis grandes amigos los trato de usted, me siento más cómodo así, no se moleste por favor.- Y seguimos siempre así, de riguroso usted.

********

Ornella, como les decía, hacía un trabajo para su licenciatura en la usina láctea donde yo esporádicamente concurría por un asuntillo u otro.
Enfundada en el guardapolvos blanco, escondidos los ojos detrás de los anteojos oscuros de montura ancha, el mechón de pelo negro aflorando a los costados del casco de plástico rojo, y la curva suave que marcaban dos pechos generosos, Bonita por donde se la mire, fue como la conocí.
Me la presentaron al cruzarnos en uno de los pasadizos laberínticos de la planta. Con el ruido de las maquinarias no fue mucho lo que se entendió de las palabras de compromiso dichas en la ocasión, más fue lo que observé de reojo mientras caminábamos casi juntos, al lado de cuatro o cinco personas. Los delicados rasgos de la pequeña nariz, los labios carnosos cubiertos de carmín que al hablar dibujaban un mohín entre gracioso y altanero, y… los senos que subían y bajaban con rítmica elegancia.
Ya en las oficinas, me consultó respecto a procedimientos de orden estadístico, y, particularmente se mostró interesada en Buenos aires y su cultura.
En un primer momento me pareció una chica encantadora, y de un físico notable, aunque, todavía no le había podido ver las piernas.
Durante el almuerzo, en la planta, compartimos la mesa con algunos ingenieros y el administrador. Me senté a su lado de casualidad, y nos fuimos enterando de sus veintiocho años, del aprendizaje de su bastante buen castellano en Madrid, y que era soltera, dos de los jóvenes ingenieros torcían el pescuezo para penetrar sus miradas por la abertura que la camisa ofrecía entre dos botones a punto de saltar, pero yo estaba en mejor posición, no era mucho lo que se podía observar, pero la imaginación hacía el resto. Ella sonreía, creo que halagada.
La vuelta a Buenos Aires en la “combi” fue la frutilla del postre. Estábamos cansados, y todos dormían, menos el chofer, claro, y yo. Ornella dormitaba, y cada tanto abría sus ojos verdes escudriñando vaya a saber qué. Me miraba y sonreía, para ese entonces éramos grandes amigos.
-¿Dónde estamos? Me dijo con vos dormida y apenas audible, desperezándose como una gata.
-Acceso norttt…-Sus manos se habían apoyado en mi muslo, muy cerca de donde se junta con el otro, cuando intentaba incorporarse. Me quedé helado al sentir el tibio contacto de sus dedos. Ella siguió con las manos allí, sin inmutarse.
-¿Dónde? 
- Acceso norte.-Respondí al cabo de unos segundos.- Ya pasó, ahora entramos a la…-Y dejé de ver y sentir lo que me rodeaba, y al mundo, salvo a ella, que terminó de incorporarse aferrando con de una sus manos mi miembro. Parecía no darse cuenta, ¿o sí? -¿Qué hago?- Me dije. Nada, no hice nada, solamente quedé disfrutando el momento.
Era la hora del crepúsculo, y los lánguidos rayos solares no contribuían a distinguir con nitidez el contenido del habitáculo donde viajábamos, sin embargo, en medio de la pátina amarronada que nos envolvía, pude observar su rostro, que tamizado por miles de corpúsculos dorados, le daba un dejo angelical- Sonreía, creo que me sonreía, pero no alcancé a comprender si ese gesto era de inocencia, o malicia.
-Estamos llegando-Se escuchó decir a una voz anónima, y al instante se insinuaron susurros, interjecciones, y movimientos de cuerpos que volvían a la vida luego de una larga hibernación.
Ornella soltó su presa sin prisa.  


Arnaldo Zarza.    

                                                                     Continuará   

lunes, 19 de julio de 2010

¿Se puede estar enfermo de amor?



¿Qué se puede decir del amor, que alguien desconozca? ¿Quién no vivió, observó, entrevió, soñó, escuchó o leyó las mil y una variantes de él?: Apasionado, tranquilo, fugaz, maduro, mezquino, juvenil, furioso, enfermizo, carnal, platónico, inseguro, con odio, maternal, incestuoso, sádico, agradecido, compasivo, imposible, y todo lo que se pueda o quiera imaginar.
Si bien no hay nada nuevo bajo el sol, como dice el refrán, hay historias nada comunes que son dignas de ser contadas y compartidas.
Este relato está basado en una historia breve y real, sin concesiones, fronteras ni prejuicios, donde podremos observar a dos seres envueltos por una pasión y lujuria desenfrenados. 


 “Unos pocos días de primavera”



            Solo para mayores

        12 capítulos                                      Parte I



                                                                   -¿Quién eres?- Preguntó a la silueta de capa y sombrero que lo acechaba sumergida en la bruma de la oscura noche.
-La muerte.
Fabián López mojó su cara con el agua fría de la canilla, y el espejo cumplió con la rutina de siempre. Ese rostro que había visto mil veces como la cara externa de su ser, estaba ahí, ahora surcado de gotas, como testigos involuntarios que esperan su turno para rodar y perderse para siempre vaya a saber donde, el cabello revuelto, el tic casi imperceptible de la comisura derecha de los labios, y los ojos que escrutaban por las ranuras de las negras pupilas, mirando sin ver lo que tenía frente a sí. Una vez más, frente a frente en el borroso contorno del despertar, como contendientes de la pelea eterna entre lo interior y exterior.
Mientras el corazón galopaba, las mejillas acaloradas pidieron más agua.
El líquido helado hizo su efecto sofrenando al pulso desbocado, que  manso, volvió a trotar con ritmo suave. La calma se había hecho cargo de la situación, y los últimos vestigios del sopor se desvanecieron.  
Quedaba el gusto amargo de la resaca, y la impotencia de luchar noche a noche consigo mismo en el abismo de la mente.
Pese a todo, Fabián López, hacía ya un largo tiempo que no le temía a la muerte, no así a las batallas nocturnas contra sus fantasmas.
La pesadilla, como siempre, había sido desagradable, y aunque él  no creía en esas supercherías, en el fondo de su ser deseaba que el sueño no fuera premonitorio.
Una vez más miró al hombre que tenía frente a él. No era un galán, claro, la nariz un poquitín grande, y tal vez no era el rostro mejor cincelado, pero la sonrisa entradora y los ojos verdes, o casi verdes, compensaban el resto. Después de observarse un rato, se dijo que no estaba nada mal, sin contar la inteligencia, claro.
La toalla oscureció momentáneamente su visión al enjugar el agua de su rostro, y allí, en un delicado disolve se plasmó la imagen de Ornella, la mujer de sus dulces tormentos, la mujer que le había dado un nuevo valor a su vida, la que encendió la chispa que hizo arrancar el motor detenido tiempo atrás.     


Arnaldo Zarza.    
                                                                     Continuará                          

lunes, 5 de julio de 2010

Luna de miel



Dijo que nos gustaría la ciudad. Me habló del cielo diáfano y el aire puro que daba ganas  respirar. De sus casas coloniales y calles adoquinadas. Su gente amable, tranquila…
-Que bueno.
-Mirá que acá siempre es primavera, no traigas ropa…-Lo interrumpí.
-Si Canta.-Le dije a mi amigo Cantarelli, que vivía allí hacía unos años.-Vamos.
Pero antes debía casarme y presentar a Alicia a mi familia.
         El centro de Asunción no había cambiado mucho desde que era niño, aun me orientaba en él perfectamente. Los detalles del pasado empezaban a tomar forma amalgamándose con el presente, los lapachos en flor se materializaban en calles y plazas salpicando de amarillo y rosa la ciudad, desparramando el aroma de sus flores.
                                                   
 Caminamos... La bahía de Asunción, especie de lago azul extraída del caudaloso río paraguay, componía el fondo, cubierto de veleros multicolores, del palacio de los López, sede del poder ejecutivo, un poco más allá la pequeña estación del ferrocarril, que dicen, es el más antiguo de América.
Al rato nos zambullimos en la sombra del pórtico del panteón de los héroes para darnos un respiro. Los guardias de honor que custodiaban la entrada parecían figuras talladas en roca, ni parpadeaban, pero, al acercarnos, comprobamos que eran humanos, traspiraban.  El mausoleo, de gran parecido al templo erigido en honor a Julio César, guarda los restos de los próceres de la independencia. Cargamos los pulmones y salimos. El ardiente sol del mediodía  despedía un vapor denso y penetrante que nos pegó como una cachetada, Alicia, que debería ser la más afectada, estaba fresca como una lechuga.        




La calle Palma, que los sábados se hace peatonal, seguía vistiendo sus mejores galas para recibir a los que van de compras, o simplemente de paseo como cita obligada semanal, ofreciendo su multitud de negocios de todo tipo y color, para tentar al turista y a los propios con artículos importados de remotos confines del planeta, a precios increíbles.  
Mientras Alicia regateaba alguna prenda de ñandutí en la recova, frente al puerto, vigilada de cerca por mi prima Laura, yo husmeaba los artículos electrónicos de vendedores ambulantes y comercios.
-Camisinha musical.-Me dijo al oído, enseñándome casi a escondidas un paquetito azul que apenas asomaba de sus regordetas manos, un muchachón de camisa guayabera caqui, que portaba una bandeja llena de chucherías apoyada en su prominente panza, y sujeta al cuello por tiradores, al estilo de las conejitas de Play Boy.
-¿Que es?-Se acercó más, y con sonrisa cómplice, me esparció su aliento en la cara.
-Cuando lo haga va a escuchar música, es Brasilero. (Casi inaudible) Me guiñó el ojo.
Y le compré, ¿total?
Parece que la Ali había caído bien a la “Fámily”,  nos hicieron una fiesta de despedida donde mis primos rieron de mi adquisición. 
El vuelo de Braniff enfilaba sereno su camino a  Bolivia. Solo se veían estrellas, abajo, nada, todo negro, como si la tierra no existiera.
Cantarelli nos esperaba en Cochabamba, fuimos, y nos gustó, como lo había previsto, pero antes, no quisimos perder la oportunidad de conocer La Paz, que nos quedaba de paso, y allí íbamos. 
Atrás había quedado el lago de Ypacarai, y el paquete balneario de San Bernardino, donde paseamos en bote. Y Areguá, el pueblo de artesanos de la cerámica y madera, con sus casas coloniales de amplias galerías sostenidas por columnas vigorosas que dan a la calle que desemboca al lago, donde sus dueños, a la nochecita, se sientan en sus perezosas a tomar prestado el fresco que pudiera pasar.
Y en el recuerdo de los placeres gastronómicos, el “Lido Bar” de la calle Palma, donde comimos “Villaroa de pollo”- Milanesa rebosada en salsa blanca y pan rallado-. Y la chipa, el dulce de mamón, la sopa Paraguaya…Mmm.
El rumor sordo de los motores taladraba mis taponados oídos, recordándome que estaba sentado en una butaca a 12000 metros del suelo, y que no me gustaba volar. Era un sentimiento recurrente, avión, miedo, vértigo, ganas de viajar, y finalmente, triunfaba este último. Canta me había dicho:
-Es lo más seguro, mucho más que los autos.
-Si.-Contestaba yo sin prestarle atención, mientras venía a mi mente la adrenalina que corrió por mis venas cuando las alas del Lloyd parecieron próximas a tocar con sus puntas los cerros que circundan la ciudad, al aproximarnos al aeropuerto de Cochabamba.
-Es lo normal, solo te parece que está cerca.
-Si, claro.
Alicia dormía lo más pancha.
¡Camisinha musical! Puaj. Sonreí, que gordo sinvergüenza. Sufría más mi orgullo por caer en el engaño que los míseros guaraníes que me costó la promesa de sexo con música.
Los asientos del aparatejo estaban tan juntos que mis rodillas las tenía en los pulmones del tipo de adelante, que seguramente no lo notó por las diez botellitas de a un dólar que se hizo traer y desaparecer en menos de una hora.
-Mirá.-Me dijo Alicia.Estamos llegando a La Paz…
Asomé el cogote al óvalo transparente que me separaba del mundo real. Las luces que colgaban de la nada como guirnaldas multicolores dejaban entrever la cáscara pardusca de la gran olla, donde, seguramente, detrás de cada brillo, habría una o más almas, que a lo mejor, también nos miraban. Estábamos llegando, un segundo después, y casi perpendicular al plano de vuelo, allá abajo, dentro de un paño verde brillantemente iluminado, diminutas figuras se movían, seguramente, detrás de una pelota.
Solo estuvimos tres días, el resto lo pasamos en casa de Cantarelli, en Cochabamba, donde sus amigos nos invitaron a comer magníficos asados a las cinco de la tarde, que según Canta, era costumbre en el país.
Al descender del avión noté que algo raro me pasaba, y claro, me costaba respirar, estábamos a cinco mil y pico de metros por encima de mis acendradas costumbres. Alicia: como si nada. ¡ Vaya sexo débil! 
Abajo, en la ciudad, me repuse. Y llovió, llovió cada uno de los tres días que estuvimos, torrencial, y no más de una hora, un chaparrón imprevisto que nos agarraba siempre en el lugar inadecuado. Tal es así que corriendo de uno de esos aguaceros nos metimos al cine a ver “Rocky”, y cuando salimos hacía un tiempo espléndido.
-En esta época llueve un poquito todos los días.-Comentó el conserje del hotel 
El paisaje del descenso por  la autopista que bordea el gran boquete solo lo pude disfrutar la tarde que  volvimos para Buenos Aires. La misma tarde que me aplastó como a una cucaracha la altura del aeropuerto. 
-Tomá este té, que se te pasa enseguida.- Me dijo con seguridad Canta, que se había venido con nosotros de Cochabamba para hacer unos tramites.-Tomé.
-Correte un poco a la derecha.- Le dije a Ali, para componer con la Chola sentada en la vereda de la “plaza Murillo”, al costado de sus enormes zapallos amarillentos del improvisado puesto de venta, y en el fondo, la gran catedral de dos torres y tres cúpulas negras, que, como pupilas parecían vigilar la ancha avenida principal. Clic… Después de curiosear un poco por esta, que parecía ser la única zona relativamente plana de la ciudad, nos sumergimos por unas callejuelas trasversales de empinadas bajadas y subidas que parecían chupadas de la arteria principal, atestadas de negocitos, donde en algunos, sobre la vereda, exhibían pequeños féretros blancos, otros, guanacos, o algo así, aparentemente disecados, o embalsamados.
-La ciudad está construida en las laderas del cañón de un río.-Dijo Canta.-Les convendría recorrerla en taxi.
A medida que nos desplazábamos las edificaciones emergían de los peñascos sin solución de continuidad. Más arriba, las casitas parecían resbalar por las laderas montañosas como gotas de miel.
Llegamos a la cumbre de un cerro donde estacionó el auto para sacarnos unas fotos.
-Este es el Illymani.-Supe después que nos dijo el chofer guía, a quién le hacía repetir constantemente sus palabras debido a que mis oídos no se ajustaban a su castellano sibilante.
En frente, en el otro extremo de la ciudad, la cadena montañosa que la rodea dibujaba en su parte superior una línea parecida a un escote femenino, y detrás, emergiendo como un enorme cucurucho de chantillí, se alzaba el Illimani, frío y apetecible pico nevado de algo más de seis mil de metros, orgullo de la ciudad, que luego constaté, también se veía del hotel. Nos volvimos.
Al poco rato el auto se detuvo, miramos por las ventanillas, el hotel no estaba a la vista. Nuestro chofer guía nos decía algo que no entendí pero que me daba mala espina.
-Que bajemos. Dijo que bajemos.-Tradujo Alicia sin ninguna sutileza.
Tratar de convencerlo fue inútil.
-Y, si, a las doce paran para comer estén donde estén.-Nos dijo Canta, con esa sonrisita tan suya.- ¿Los dejó lejos?
El te milagroso no me hizo efecto, arrastrándome abordé el avión tras cinco horas de espera.
Aunque no lo crean la había pasado de maravillas. Atrás quedaron los recuerdos de las valijas extraviadas en Cochabamba, y la señora con sombrero de hongo y pollera abultada que sonreía socarrona al detectar mi miedo en el vuelo del Lloyd que compartimos sobre la cordillera.
Gracias Canta, la pasamos muy bien.
                                                              
 Arnaldo Zarza












jueves, 1 de julio de 2010

Artistas



En muchos aspectos la vida se comporta de una manera similar al de la ruleta, donde pocos ganan y la mayoría pierde. Y, si escarbamos un poco en la mayoría damnificada, seguramente veremos que hay algunos que pierden más que otros, y que la cadena de injusticias solo achacables a enfermedades congénitas o adquiridas son infinitas. No pongo en la misma bolsa el hambre, las guerras y otras  bajezas de la condición humana, pues estas son evitables, las otras, no tanto.

A veces divago pensando en el porqué de la clasificación del estado mental de las personas, y por qué algunas deben estar detrás del muro y otras no, y me digo: ¿No será que solo se trata de un tema estadístico, donde los más encierran a los menos? 


No lo tomen en serio, son divagues, locuras mías.   
Ayer vi una documental filmada en el Hospital neuropsiquiátrico Borda.
Se trata de una película que muestra con eficiencia y claridad una realidad poco conocida de la institución: La integración por medio del arte.
El film conmemora los 25 años de vida del “Frente de artistas del Borda” creada, y dirigida hasta hoy por su director Alberto Sava.














La realización de esta documental estuvo a cargo del cineasta Norberto Govetto, quién con su inquieta cámara da una mirada esperanzadora a la labor conjunta de profesionales e internos de la institución, en esta lucha diaria por la dignidad humana.

Aquí tienen una muestra de ella, espero la disfruten.   
                                            Arnaldo Zarza


Frente de artistas del Borda Resumen from arnaldo zarza on Vimeo.

viernes, 25 de junio de 2010

Gardel canta en inglés


Ayer por la siesta viajaba en taxi, apurado, como siempre, las calles repletas de autos, el tránsito enloquecido y el tiempo justo.
Mi amigo Norberto había quedado atrás, con su recientemente pié operado, las milanesas, radichetas y el vino malbec a discreción.
Circulábamos por México, brnnn, brnnn. El frío de la mañana me dejó encima la campera polar que a esas horas me hacían sudar la gota gorda.
-Es nuestro carma, dijo el chofer como cosa juzgada.
Por la noche me fijé en la Wikipedia: “Según los hindúes, el karma es una «ley» de acción y reacción: a cada acción cometida le corresponde una reacción igual y opuesta”. Tomé esta definición debido a que no me pareció que pegaba con la reencarnación y otras cuestiones que mencionaba la enciclopedia “de todos”. Y… pensé, seguramente algo de esto merezco. 
Pero mi egoísmo capitalino solo quería huir de ese kilombo, rápido y como fuera; sin ofender con la comparación del sitio de esparcimiento y relajación antes nombrado.



Continúo, los autos que no avanzan, la avenida 9 de julio cortada, por un piquete, o vaya a saber por qué, resignado presté atención a la radio del coche: Bla, bla, bla, alguien hablaba. Creo era una descendiente de carlitos, sí, Gardel, no Chaplin.Nunca fui aficionado al tango, pero algunas canciones me gustan, mucho, pero, mucho. Son letras increíbles, como para mí estas estrofas: 


Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé.-----
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador...
El que no llora no mama y el que no afana es un gil.

Siglo veinte, cambalache problemático y febril...
¡Dale, que va...! ¡Que allá en el Horno nos vamo’a encontrar...!


Y así hay miles, que en la soledad de la noche te hacen reflexionar, a mí, claro, no a todos, son las reglas de juego, no pretendo modificarlas ni decir que tengo razón.
Avanzábamos milímetro a milímetro. A dos o tres cuadras vislumbré un claro entre los edificios que nos hacían la guardia. ¡Debe ser la 9 de julio! Imaginaba mis ganas de salir del atolladero. Pero las distancias no importan cuando estás quieto. 



Y de repente lo escucho, al que más me gusta de esa constelación de grandes. Y canta, y lo escucho esperando superar Salta, la calle. Me olvido un poco de todo, pero algo anda mal, no mal, es algo distinto, ¡qué pasa, Carlitos!
Me acomodo en el asiento un tanto gastado del auto de alquiler, le digo al chofer:- ¡Está cantando en inglés!
Huuu, no sabía, y, bla, bla, bla. Carlitos cantaba unas estrofas en inglés, un poco como pronuncio yo, tipo como lo escuché alguna vez a Carlos, el del 1 a 1.
Cuando me di cuenta ya estaba cerca de Constitución, donde tenía que continuar en tren, como cualquier hijo de vecino, como soy yo.

martes, 22 de junio de 2010

EMPEZÓ EL INVIERNO... A ver el partido...

Si bien es una fecha convencional la del comienzo del invierno, coincide en este caso con una Buenos Aires con días fríos y poco acogedores, que es justamente lo que el calendario nos da a entender que debe pasar, que a partir del 21 de Junio te vas a morir de frío. Aunque todos sabemos que tiritamos de frío mucho antes, y esa razón, según dicen los que saben, se debe a que en realidad el frío, astronómicamente hablando, debería empezar 45 días antes. ¿Por qué?
Porque el 21 de Junio es el día de mayor inclinación de nuestro planeta respecto al sol, en nuestro caso, los del hemisferio Sur, los rayos solares nos dan de chanfle, calentando menos la zona. Pero a partir de hoy, lentamente revertimos la posición hasta llegar al 21 diciembre, donde la luz solar va a incidir más perpendicular, y va a calentar más. O sea que el proceso de enfriamiento, digámoslo así, empieza prácticamente cuando se va el verano, y no el 21 de Junio que es la fecha oficial del frío. A estos dos extremos de la inclinación aparente de la Tierra con el sol, se los conoce como Solsticios, de verano y de invierno. Y en cada hemisferio, cuando sucede uno de ellos, en el otro pasa exactamente lo opuesto.
Y hay que anotar, que la distancia de la Tierra al sol no es la que provoca las estaciones, sino la inclinación de la Tierra respecto al Sol.
Solsticio quiere decir: Sol quieto, viene del latín: Solstitium. Y se lo llamó así en la antigüedad porque por unos días el sol sale por el mismo sitio del horizonte.
Es bueno decir que esta información la saqué de varias fuentes de INTERNET.
Para finalizar, debo decir que sabemos que el tiempo es loco, un personaje que no respeta fechas, leyes astronómicas, hemisferios, declinaciones, Solsticios, tormentas solares, y mucho menos a las cuatro estaciones del año. Y también debo decir que la peor saña de este sujeto apunta a los esforzados y sufridos meteorólogos, a quienes deja en ridículo constantemente y ni siquiera los deja acertar una miserable predicción de llovizna. 

Hoy es una tarde de invierno en el hemisferio sur, de verano en el norte, y de fútbol en el planeta Tierra. Se puede ser aficionado/a,  o no a este deporte, pero es imposible que este evento pase desapercibido. Estamos en fecha de definiciones, y hoy, seguramente se clasifica Argentina… Así es qué, a ponerse cómodo/a, pochoclos, maníes, garrapiñadas, o si se quiere, un sándwich de milanesa, sillón acolchadito, lata de cerveza, coca, leche malteada, o lo que te guste, o, como dijo el gran TATO, vermout con papas fritas, y a gozar del espectáculo… 
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