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martes, 3 de septiembre de 2013

La insoportable brevedad del ser

                                                                                                  Arnaldo Zarza

martes, 19 de abril de 2011

El hombre inmortal



                          
  -Monólogo teatral-
         Sé que soy eterno.
               Me llevó medio siglo darme cuenta. 
No fue este tema el que me condujo a plantear la necesidad de conocer algo más de lo poco que sabía de la naturaleza, y de mí mismo. 
Corrían los  tramos finales de la escuela secundaria cuando empezaron a incubarse las ideas que ayudaron a evaporar los últimos vestigios de mi niñez, trocando el estado de gracia por una incipiente curiosidad dirigida a temas que poco antes habían permanecido inadvertidos a mí existencia, originando cambios en mis gustos y costumbres. Seguramente influyeron en ellas las clases de filosofía del profesor Ordóñez, y las maratónicas discusiones en el café de San Juan y Deán Funes con Robledito, mi amigo, compañero de banco y parrandas. Así como el fallecimiento de este en un accidente tan estúpido como innecesario. Sin lugar a dudas, este acontecimiento fue el detonante por el cual empecé a reflexionar sobre el sentido de la vida, y que papel jugaba yo en  ese complejo andamiaje. 
Dolorosamente me fui adaptando a la nueva rutina, esa a la que ya no pertenecía mi viejo amigo. 
El café de la calle San Juan solo existía en mi memoria, y las actividades que había heredado de mi vida anterior ya no tenían el sabor de entonces. 
Fueron tiempos duros, tiempos de reclusión, sin rumbo, sin esperanzas. 
Pero todo pasa, y casi sin darme cuenta volvió la curiosidad por lo incomprensible,  la llama que motivaba el deseo de conocer la naturaleza de mi existencia. Fue el inicio de una aventura que se deslizaría año a año por arduos e intrincados caminos conducentes a descifrar los orígenes de la vida.  
Tiempos de meditación y entusiasmo, de preguntas y respuestas que moldearían al adulto en ciernes. 
¿Es cierto que sólo somos un conjunto de diminutas partículas de energía que vagan en medio de la nada?  ¿Por qué una persona es mala y otra no, por qué existen las enfermedades, por qué nos morimos, por qué un niño? 
¿Por qué Robledito?
¿Qué de cierto hay en los que dicen que existen los fantasmas, los milagros, y la vida después de la muerte? ¿Y qué de cierto hay en que después de la muerte solo quedan los que la ven de afuera? ¿Que somos? ¿Que soy? ¿Cuál es el fin último de nuestra existencia? 
Era joven, y pensaba con entusiasmo resolver algunos de los enigmas que el mundo no había resuelto. Suponía que alguno de estos misterios podían ser explicados por las ciencias tradicionales con un grado de aproximación suficiente como para brindar una clara comprensión del problema. 
Otros, como el de la creación, requerían de un tipo de investigación diferente. A ellos dediqué mi tiempo y atención. 
                                           NOTA:
               Lo que resta del monólogo se puede leer bajando el archivo PDF con este enlace.
                              http://es.scribd.com/doc/67483144 

Arnaldo Zarza

lunes, 6 de septiembre de 2010

La mansión satánica
Capítulo VI

Julián, con las patas cruzadas sobre la mesita ratona, lata de gaseosa en mano y bolsa de papas fritas al lado, se atragantaba entre eructos y pedos mientras cambiaba distraidamente de canales, sentado en un sillón que le quedaba grande. 








Por la boca llena la bebida marrón intentaba hacerse un camino para bajar la pasta, la comisuras de los labios por momentos expulsaban torrentes líquidos que corrían hacia el mentón para aterrizar en el pecho. 
Julián, con la mano grasienta de toquetear las papas fritas, intentaba contener el desparramo frotándose la quijada.  
Los truenos y refucilos no parecían existir para él, su único pensamiento, si es que tenía alguno, radicaba en saciar su apetito y sed   
No había nada bueno para ver y las papas y gaseosa habían terminado... 
Con las últimas erupciones de su intestino se acomodó para echarse una siestita. 
Ya estaba por dormirse, invadido por ese estado de ensoñación donde la realidad se mezcla con la ficción. 
El living, en general, empezaba a desdibujarse, y los recuerdos que Julián proyectaba como último contacto con la vigilia, comenzaban a cobrar vida.

El tipo que apareció se le quedó mirando, en silencio, con sus ojos pequeños y duros como los de una cobra.Tenía puesto un smoking, de esos que ya no se usan. Era un gordo vulgar, viejo, calvo y retacón, le pareció conocerlo, aunque no podía recordar de donde. Atrás había un parque de diversiones antiguo, donde la rueda de chicago con sus canastos llenos de gente giraba con sus luces de neón prendidas. De fondo, se escuchaba la música del organillo que intentaba dar alegría al espectáculo. 
Julián, sentado al lado de Ernesto, vio como las butacas donde estaban se elevaban hasta el infinito. Subían y subían. Las carpas y remolques de las atracciones cada vez se hacían más pequeñas, como si la inmesa rueda no tuviera fin. Allá abajo, de la feria y la ciudad solo quedaban puntos luminosos.
Benicio y Rafael, que estaban en unos de los canastos inferiores luchando por la pelota, se suben a la baranda, donde benicio, con hábil maniobra empuja al vacío a Rafael y hace el pase. 
Mientra cae Rafael, Julián se prepara para recibirla, y Ernesto hace lo propio.
La pelota ovalada se le venía encima, a Julián, levantó los brazos sabiendo que no llegaría a retenerla... y no pudo.  Ernesto, que sí pudo, ya había trepado a los barrotes de la rueda para hacer el try. 
El viejo de la TV le dice a Julián:
No puedes dejar que se escape, pequeño, el que pierde en este juego está muerto. 
Mientras el viejo hablaba, Julián pudo ver en la TV la imagen de un grupo de curiosos mirando el cadáver de rafael bañado en sangre, tirado sobre la tierra apisonada.

lunes, 19 de julio de 2010

¿Se puede estar enfermo de amor?



¿Qué se puede decir del amor, que alguien desconozca? ¿Quién no vivió, observó, entrevió, soñó, escuchó o leyó las mil y una variantes de él?: Apasionado, tranquilo, fugaz, maduro, mezquino, juvenil, furioso, enfermizo, carnal, platónico, inseguro, con odio, maternal, incestuoso, sádico, agradecido, compasivo, imposible, y todo lo que se pueda o quiera imaginar.
Si bien no hay nada nuevo bajo el sol, como dice el refrán, hay historias nada comunes que son dignas de ser contadas y compartidas.
Este relato está basado en una historia breve y real, sin concesiones, fronteras ni prejuicios, donde podremos observar a dos seres envueltos por una pasión y lujuria desenfrenados. 


 “Unos pocos días de primavera”



            Solo para mayores

        12 capítulos                                      Parte I



                                                                   -¿Quién eres?- Preguntó a la silueta de capa y sombrero que lo acechaba sumergida en la bruma de la oscura noche.
-La muerte.
Fabián López mojó su cara con el agua fría de la canilla, y el espejo cumplió con la rutina de siempre. Ese rostro que había visto mil veces como la cara externa de su ser, estaba ahí, ahora surcado de gotas, como testigos involuntarios que esperan su turno para rodar y perderse para siempre vaya a saber donde, el cabello revuelto, el tic casi imperceptible de la comisura derecha de los labios, y los ojos que escrutaban por las ranuras de las negras pupilas, mirando sin ver lo que tenía frente a sí. Una vez más, frente a frente en el borroso contorno del despertar, como contendientes de la pelea eterna entre lo interior y exterior.
Mientras el corazón galopaba, las mejillas acaloradas pidieron más agua.
El líquido helado hizo su efecto sofrenando al pulso desbocado, que  manso, volvió a trotar con ritmo suave. La calma se había hecho cargo de la situación, y los últimos vestigios del sopor se desvanecieron.  
Quedaba el gusto amargo de la resaca, y la impotencia de luchar noche a noche consigo mismo en el abismo de la mente.
Pese a todo, Fabián López, hacía ya un largo tiempo que no le temía a la muerte, no así a las batallas nocturnas contra sus fantasmas.
La pesadilla, como siempre, había sido desagradable, y aunque él  no creía en esas supercherías, en el fondo de su ser deseaba que el sueño no fuera premonitorio.
Una vez más miró al hombre que tenía frente a él. No era un galán, claro, la nariz un poquitín grande, y tal vez no era el rostro mejor cincelado, pero la sonrisa entradora y los ojos verdes, o casi verdes, compensaban el resto. Después de observarse un rato, se dijo que no estaba nada mal, sin contar la inteligencia, claro.
La toalla oscureció momentáneamente su visión al enjugar el agua de su rostro, y allí, en un delicado disolve se plasmó la imagen de Ornella, la mujer de sus dulces tormentos, la mujer que le había dado un nuevo valor a su vida, la que encendió la chispa que hizo arrancar el motor detenido tiempo atrás.     


Arnaldo Zarza.    
                                                                     Continuará                          

viernes, 28 de mayo de 2010

Cristina.

Es una tarde gris, gris como las gafas por donde miro la vida.
Es una puta tarde de otoño, donde no siento nostalgia, como en otras, de la bohemia del café, el cine, la buena charla entre amigos, y esas pequeñeces que hacen de la vida un sitio digerible.
Aunque parezca mentira, normalmente soy un tipo optimista, pero, en ocasiones, me pongo más humano que en otras.  
La muerte ronda en torno nuestro desde que nacemos, es el destino final, según dicen, o por lo menos no hay indicios de que otro sea nuestro camino.
Algunos no le prestan mayor atención, otros no la temen, y  quedan  los que a cada tanto, una voz repiquetea en su cerebro: te vas a morir.
Cristina se va a morir, como todos, solo que en pocas horas. Esa es la diferencia. Es una amiga de la familia, no mía, en particular. Buena, de esas a quién aprecias  apenas la conocés. Son 30 años de tratarla, no a menudo, en cumpleaños y reuniones familiares, intima amiga de mi cuñada, en casa de quién pasamos momentos inolvidables. Seguramente no tiene idea de la repercusión que tiene en nosotros su enfermedad y sufrimiento. Igual, de qué le serviría.
Lo siento mucho Cristina.
Hoy es un día gris, sigo sin entender el porqué de estas cosas. Nunca las entenderé.