sábado, 14 de agosto de 2010

        La mansión satánica
                        Martes 18/8/10 
                                                         Capítulo III




        Mañana... Los piropos...

viernes, 13 de agosto de 2010

La mansión satánica



Hoy, viernes 13 de agosto, día de miedo para los supersticiosos angloparlantes, el equivalente  nuestro al martes 13.
Días propicios para contar historias de terror.
       La mansión satánica Parte II


Verónica entró al living y caminó hasta el sofá de cuero verde donde se sentó. Manoteó el control remoto y cuando lo estaba por usar sonó el celular que tenía en el bolsillito del jean.
Se levantó y fue hacia el espejo que estaba justo frente a uno de los ventanales y allí, mientras miraba coqueta su estilizada figura atendió el teléfono.
-Hola Manu, si, si, ¿entonces, venís esta noche? Que macana, bueno, nos vemos mañana entonces. Sí, yo también. Cortó he izo un puchero de niña mimada.
Tendría que pasar sola la noche, que macana, si hubiera sabido que Manu no venía le habría dicho a las chicas de hacer una pequeña reunión para ver alguna película, comer algo y charlar, aunque tal vez aun estuviera a tiempo, se dijo. Pero no estaba segura, a quién quería en casa esa noche era a Manu.
-La tarta de jamón y queso está sobre la mesa de la cocina.- Escuchó que decía la voz de Juana.
Desvió levemente los ojos de su figura y la vio por el espejo, un poco atrás, a la derecha, diminuta y flaca como un espárrago, con el guardapolvos de color desvaído y el pelo negro recogido hacia atrás. Juana siguió hablando con su dulce tonadita del norte, recomendándole que no abusen de los dulces, que no duerman muy tarde, que la llamen si surgía algún inconveniente, que Bla, bla,- Verónica no la escuchaba, solo pensaba en Manu, y tampoco percibía que Juana no miraba el espejo al hablar, si bien la estancia se desdibujaba rápidamente por bruma del crepúsculo, era notorio que la empleada de los Ferguson evitaba mirar el espejo.
Crash…pum, pum… un fuerte y seco ruido, seguido de dos o tres golpes en el piso de madera la sacó de su letargo. 
Ahora sí Juana miraba directamente al espejo. Sus ojos desorbitados se dibujaron entre las astillas que dividían el vidrio roto, multiplicándose en cada uno de estos nuevos espejos. Verónica no percibió el espanto de la criada, y tampoco que inmediatamente después que el pelotazo hiciera su trabajo, se santiguó y volteó la cara para no verse reflejada en el espejo. Verónica fue hasta el interruptor de la luz y lo pulsó. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que estaba sangrando, una pequeña astilla le había pinchado el pómulo izquierdo y su mano ensangrentada había manchado la pared. No era algo serio. Juana le desinfectó con agua oxigenada y le puso un esparadrapo.
-Vengan a dormir a casa.- les dijo, cuando entró Julián.
-No.
-¿Por qué?
-Es de mala suerte, van a suceder cosas muy feas en esta casa, vengan conmigo.
Y no, no quisieron ir. No se rieron de ella, tampoco hicieron bromas cuando se fue, la vieron muy mal, preocupada, desencajada. Además la conocían de siempre, y sentían cariño por ella, como si fuera una tía vieja del campo.
Juana sabía que estaban en el comienzo de días difíciles. Todos los años que trabajaron para protegerse y proteger a sus amos se habían ido al diablo, si, literalmente al diablo. Habían pasado veinte años de sus vidas dedicados desactivar a los espíritus malignos de la casa, y mal no les había ido, los habían cercado, confinados a un sitio donde no causaban mayores problemas, pero habían vuelto, y eran peligrosos.
El sol se había ocultado por completo, las luces del parque se habían encendido automáticamente, aun así, el aspecto general de la propiedad era tirando a oscuro, con zonas donde no se distinguía nada de nada, y otras donde bultos informes parecían flotar fantasmales por debajo de los frondosos árboles; Eran los doberman que soltaban al anochecer.
.
                      


  Arnaldo Zarza


Esta historia continuará.

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Las publicaremos en el Blog.

jueves, 12 de agosto de 2010

MIEDO...


¿Quién no ha tenido miedo alguna vez?



No me refiero al miedo a los humanos, sino a lo esotérico, lo sobrenatural, al miedo que llevamos dentro sin que haya una razón valedera para ello. Al miedo que tenemos instalado en lo más profundo de nuestro ser, ese compañero que nos sigue silencioso donde quiera que vayamos, y  contra quién luchamos día a día sabiendo que jamás lo venceremos. 
Ese personaje de nuestra creación que detestamos. El socio invisible que nos paraliza en medio de la noche, cuando estás sola o solo, en las tinieblas de tu cuarto, en una callejuela mal iluminada, en un templo abandonado o en una cabaña en medio del bosque, o, ¿por qué no? cruzando el camposanto bajo una feroz tormenta, en medio de estruendos que sacuden tu cuerpo agotado de correr, caer y arrastrarse por el fango, guiándote por los fogonazos que cada tanto iluminan fugazmente las lápidas de la oscura noche para llenarte de terror. A mí me ha pasado; ¿Por qué no te puede ocurrir lo mismo? Después de todo, ¿quién puede decir que conoce los caminos del destino?




Los que tenemos miedo sabemos de los murmullos y movimientos extraños en el silencio de la madrugada; del crujir de una puerta quieta, o de la sombra que pareció pasar al fondo del pasillo, allá, cerca del baño. En ocasiones como esta ¿no sentiste que alguien te llama, o que toca delicadamente tu hombro?  Si es así, es ahí, en ese instante cuando la casa cobra vida generando los pequeños sucesos que nos erizan la piel.
El miedo es horrible y contagioso, aunque hay algunas personas afortunadas que son inmunes a estos avatares, o por lo menos, lo disimulan perfectamente. 
 Sin embargo, hay individuos a quienes les gusta sentir el vértigo del miedo metido en la piel, sentir cómo la adrenalina se sacude en el interior de su ser para transportarlos a una dimensión lindante con el placer. 
Tengo en mi memoria, y quisiera compartir con ustedes, algunas historias reales de acontecimientos inexplicables que me han dado miedo a mí, a otros, y tal vez a toda una generación. Se trata de sucesos misteriosos que han ocurrido y ocurren constantemente, historias que tal vez mañana, o esta misma noche nos toque vivir. 
Los que disfrutan el vértigo del miedo solo deben esperar que lleguen las tinieblas de la madrugada, estar solo o sola, dejar entrar a nuestro compañero invisible y leer con él las pequeñas historias que guardo para ustedes.
Si no estás en esta categoría, es probable que no debas leer las historias que vamos a publicar. Aunque… ¿Por qué no?
Manos a la obra pues…




              La mansión Satánica




Se estaba ocultando el sol y sus últimos rayos dorados lamían el follaje de los árboles del parque. Las sombras largas y las luces tenues se proyectaban en el frente de la vieja casona de San Isidro dándole un aspecto siniestro. Donde solo faltaba música adecuada para que la escena de miedo quedara completa.
Verónica y su hermano menor estaban tan acostumbrados al entorno de su casa que nunca se les hubiera ocurrido pensar en las supercherías que creían los caseros.
Julián, el menor de ellos,  jugaba con tres amigos en la parte mullida del césped, a unos veinte metros del garaje. Los chicos se revolcaban tratando de interceptar pases hechos con una pelota de rugby. Julián tenía unos nueve años, y sus compañeros otros tantos.
Verónica, de diecinueve, que había estado charlado con unas amigas en el porche de la casa, se metió dentro apenas se retiraron las chicas.
Juana, el ama de llaves, o algo así, y esposa del casero, jardinero, chofer, y él arregla todo de los Ferguson, se estaba por retirar a su casa, ubicada en el extremo sur de la media manzana ocupada por la propiedad. Juana los había visto nacer, y se ocupaba de ellos cada vez que sus padres se ausentaban de la ciudad. Esa tarde les había preparado unas tartas, y la heladera estaba bien provista de todo tipo de caprichos dulces y salados pedidos por los jóvenes, que de alguna manera intentaban compensar la ausencia de sus papás. Así es que se podía retirar tranquila a descansar después de un día de mucho trajín, sabiendo que todo estaba bajo control. Oscurecía rápidamente, y no le gustaba en absoluto tener que caminar de noche por el caminito mal iluminado que conducía a su casa, donde los grandes árboles de ramas largas y hojas perennes no dejaban ver más que unos pocos metros por delante.
Los Leguizamón eran oriundos de Misiones, gente buena y sencilla. No temían a ladrones o merodeadores, pero tenían profundo respeto a las sombras de la noche. De los primeros se cuidaban con una escopeta de caño recortado y un revólver Smith & Wesson de calibre 44, más conocido como mágnum, amén de los sofisticados sistemas de vigilancia electrónicos y custodios humanos fuera de la muralla circundante. De lo segundo, la noche y sus misterios, se defendían con ritos y oraciones esotéricas que no trascendían al ámbito de sus empleadores. Nunca les gustó la residencia de los Ferguson, pero veinte años atrás, recién llegados de “El Dorado”, con una mano atrás y otra adelante, como decía el dicho popular, fue como tocar el cielo con las manos. Trabajo para ambos y vivienda, que más se podían pedir. El tema de la casa los preocupaba, pero gracias a dios, decían, tenían los medios para luchar contra el mal.
Y fue lo que hicieron secretamente durante los largos años de servicio en la mansión satánica, como llamaban al casco principal de la casa. 

                                                                                
                                                                          Arnaldo Zarza
Esta historia continuará.

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sábado, 7 de agosto de 2010

Una sonrisa por aquí...

El humor de Damián Zarza, 
                                           un artista que da risa.
        
       Dicen que el humor tiene la virtud de aflojar tensiones.

 VIVA EL HUMOR...
















 

Damián vivió tres años en Osaka, becado por la embajada 
Japonesa para estudiar MANGA, el tradicional dibujo del 
comic Japonés.







lunes, 2 de agosto de 2010

"Unos pocos días de primavera"

             Solo para mayores
                 
     Doce capítulos
                   
                   Parte    XI  y  XII
                 
                       Parte XI
La silueta de capa y sombrero volvió una vez más en la noche de sus sueños. Fabián la miró sin miedo, sin emoción.
-Ya estoy listo.-Le dijo. Luego giró para quedar de costado, y se volvió a dormir.



Parte XII



Un año después la volví a ver, tocó el timbre de mi departamento, y sin explicaciones ni disculpas, tal como era ella, me dijo al tiempo que sonreía de oreja a oreja:
-Ciao caro.-Me dio un abrazo, un beso en cada mejilla y se metió dentro, sin darme oportunidad a una negativa. El Chanel número cinco inundó el living, y a los pocos minutos ya estaba subida a horcajadas entre mis piernas.
Me hizo casi todo lo que hizo con Fabián, fue un calco, pero sin los hábitos.
Durante ese año, luego de conocerla, habíamos entablado una correspondencia a través  internet, haciendo yo de mediador entre ella y Fabián. El caso es que mi amigo no entendía que la relación había concluido en el mismo instante en que salió del departamento, como seguramente pasaría cuando saliera del mío.
El la llamaba a Italia por teléfono y la situación se hacía insostenible, por suerte, a los pocos días de los insistentes llamados recapacitó y no volvió a molestarla. Nosotros continuamos mandándonos mensajes esporádicos de saludos y otras trivialidades.
Cuando tocó el timbre de mi puerta no sabía que estaba en Buenos Aires, y menos la intención que se traía. No me quedan remordimientos, pues Ornalla es inimputable, o algo así, y sé que no estoy traicionando a mi amigo. 
Pero descubrí porqué usaba siempre pantalones. En lo mejor de la acción la agarro fuerte de los tobillos, el izquierdo, el que yo asía con la mano derecha, era duro, y dejaba escapar un frío metálico que lo sentí a través de la oscura media. Fue solo una fracción de segundos la mirada de entendimiento que nos cruzamos, supongo que ella estaría acostumbrada a esos avatares, un momento difícil, pero lo superé sin que se notara.   Ahora entiendo por qué en la cena de la láctea un ingeniero se refirió a Ornella como la renguita, yo nunca la había visto caminar, o tal vez no presté atención.    
Fabián falleció hace seis meses, en sueño, sin dolor, sin molestar.   
Yo tengo cincuenta, recién cumplidos, y nunca me paso algo igual, ni creo que vuelva a repetirse.



Arnaldo Zarza.
                                             FIN

sábado, 31 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"

              Solo para mayores

              DOCE CAPÍTULOS
                      Parte X



Dos días después Ornella volvió a Italia, fue la última vez que la vi. Cuando la fui a buscar en taxi para llevarla al aeropuerto se creó una situación incómoda, desagradable. El galleguete también viajaba, y los tres debimos acomodarnos en el asiento posterior del auto, ella en el medio. Apenas subimos a la autopista empezó a refregarme la pierna. Habló todo el trayecto, me agradeció los servicios prestados y cada tanto, remarcando alguna frase, me acariciaba el muslo. Él miraba de reojo, sin decir palabra, con la misma sonrisa cínica que portaba durante  el breve encuentro que tuvimos en la puerta del departamento, cuando yo salía presuroso debido a los requerimientos de Ornella.
-Apúrate, debes irte ya. Juanito está llegando.-Yo ni siquiera tenía la cremallera subida, menos mal que estaba vestido, solo tuve que incorporarme, tomar el bastón, cerrar la bragueta, alisar un poco el traje y huir. Ahí estaba él, apareció de la nada, de este lado de la puerta, que estaba cerrada. No había tiempo para pensar la actitud a tomar. Abochornado, solo atiné a balbucear un saludo y a retirarme con cierta dignidad. Él devolvió el saludo con una inclinación de cabeza, parecía divertido con la situación.
El ascensor se puso en marcha, y una duda empezó a zumbar dentro de mí. En la calle, con el aire fresco de la madrugada, la idea siguió revoloteando.
¡Un voyeur! Eso es, no puede ser de otra manera. No lo vi entrar, el tipo seguramente estuvo todo el tiempo ahí, mirando lo que hacía su mujer conmigo. La idea me parecía horrible, aunque no falto de lógica. Con todo eso, me resistía a pensar que esa criatura tan dulce pudiera caer tan bajo. Así, con pensamientos tan encontrados pugnando por llegar a un acuerdo que me dejara conforme, caminé unas cuadras antes de tomar el taxi que me llevaría a casa. Era una mujer impredecible, no cabía dudas.
Finalmente embarcaron, me dio un beso en cada mejilla y me dijo al oído:
-Aquí se terminó todo abuelito. Fue muy lindo lo que pasó, ahora debes olvidarte de mí, no trates de comunicarte conmigo, piensa que lo que hemos hecho debe quedar como un dulce recuerdo.
Y desapareció.
Quedé solo en la inmensa nave de la terminal aérea. Solo en medio de un mundo de gente. Mirando sin ver, oyendo sin escuchar, Tratando, como en los velorios, de sobreponerme a lo inevitable. Con los recuerdos confusos y el gusto amargo en la boca. Tratando de analizar cada una de las acciones vividas durante la breve aventura, como si así las pudiera alargar o modificar a mi antojo.
Arnaldo Zarza.
                                 Continuará.


viernes, 30 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"

Solo para mayores


Doce capítulos






Parte IX




¿Cuál de esas dos imágenes elegiría usted para acabar, Norberto?
La pregunta la formuló al día siguiente, en un encuentro casi de “prepo”, en un café de Rivadavia y Río de janeiro, a las ocho de la mañana. Recién amanecía cuando sonó el teléfono, ni siquiera dijo disculpe, como era su costumbre de hombre educado.
-Usted debe venir, han sucedido acontecimientos extraordinarios.-
Era un domingo lluvioso, y yo había dormido tres horas. No tuve tiempo de protestar, cuando quise reaccionar, Fabián ya había colgado.
El paraguas no sirvió de mucho, el viento soplaba fuerte, de frente.
Empezó a contar la historia, valía el madrugón. Las medias lunas y el café con leche hicieron su efecto benéfico, el sueño había desaparecido.
Sin prisa, paladeando las palabras, relató con lujo de detalles la aventura, y también sus vivencias. Como a las diez, con la segunda copa de ginebra, empezó a filosofar respecto a la imagen que se debe tener en la mente en el momento de acabar.
-Es como la paja.- Me dijo,-Para que sea eficaz se debe pensar en alguien.
Y me dio a elegir.
¿Cuál de esas dos imágenes elegiría usted para acabar, Norberto? ¿La del pecado, según la mirada católica, o con la carita de niña virginal?
Me causó gracia la ocurrencia de mi amigo, porque Ornella no tenía nada de carita virginal ni de niña. Claro que con las copas de más, la luz tenue y la calentura, no sería difícil hacerse la película.  
-No lo sé, tendría que haber estado ahí para elegir la imagen de mi conveniencia, pero estoy seguro, por lo que usted cuenta, que cualquiera de las dos opciones eran la correcta.
-Usted sabe, que por la premura del caso no atiné a usar condones, espero no tener complicaciones.
-¿De qué tipo?
-¡Hombre! que quede embarazada.
-Olvídese de eso, ella sabe cuidarse.
-Salí a las disparadas, un poco más y me hecha de la casa. ¡Qué carácter!
-Está medio piantada.
-No creo sea para tanto, pobre chiquilla.
Por momentos Fabián trataba de dar una apariencia de indefensa criatura a “la pobre chiquilla”, y en otros, la realidad lo contradecía. Y siguió contando.
-En un momento dado, ya no recuerdo la situación, la quiero besar en la boca, y me separa bruscamente, casi con desprecio. Me sentí humillado, pero no tan, como para retirarme, la excusa que me di a mí mismo fue el dolor de rodilla, y por qué no, la esperanza de que finalmente pasara algo. No podía entender como alguien tan dulce podía pasar a ser tan cruel en menos de lo que canta un gallo.

Con el vermut y la picada, a eso de las once y media, ya habíamos repasado en líneas generales todo lo acontecido durante la noche del día anterior. Solo quedaban detalles en el tintero, el resto de la conversación consistió en la repetición, con distintos matices, de los mismos hechos y situaciones ya hablados y analizados durante la mañana, tal vez con el agregado de algún comentario jocoso. Fue bueno ver a mi amigo paladeando cada una de las palabras que recordaban de aquella noche extraordinaria.
 
-La que volvió era otra persona, y no digo esto por los hábitos. Fue como si el incidente anterior no hubiera existido.- Me dijo bebiendo el segundo, o tal vez el tercer vermut.
-Estaba drogada, es obvio.
-No, fue cuando me dijo que solo besaba en la boca cuando estaba de novia. Pobre criatura.
Lo miré para contestarle con una puteada lo que pensaba de la supuesta criatura, no pude.
Era mi amigo, y no quería herirlo, que importaba que creyera lo que le diera gana si eso lo hacía feliz. Una aventura como esta era difícil que se le repitiera a sus ochenta y tres años, y vaya a saber si no era digna de ser publicada en los “Records guinnes”. Esta aventurilla, que en un principio parecía no llegaría a mayores, se convirtió en el volver a vivir de Fabián, fue la chispa que encendió nuevamente el motor de una vida que se había detenido en la monotonía.
Al día siguiente, por teléfono, ante la imposibilidad de encontrarnos por mis actividades cotidianas, siguió informándome de detalles olvidados, y otros recientes.
-¿Sabe que me dijo por teléfono?-No me dejó adivinar.-Me dijo que por la mañana se había acordado de mí.
-Abuelito, cuando me bañaba empezó a salir lo que me dejaste adentro. Un beso.-Dijo y cortó.
- Es una reventada.
-Probablemente.       
Arnaldo Zarza.
                              Continuará.








jueves, 29 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"

                
               Solo para mayores


        Doce capítulos      Parte VIII


Ya conocía yo la puerta de roble blanco que se abrió apenas toqué el timbre, la misma a quién unos días atrás dije: “no juegues conmigo”. Me dio lo dos besos acostumbrados en las mejillas y me arrastró hacia adentro. Estaba linda como de costumbre y de excelente humor. El delantal verde que le cubría parte de la camisa y los pantalones, destacaba las curvas que debían ser destacadas. Había olor a algo rico que se cocía al horno, y la mesa del comedor preparada para una cena de dos, con candelabros y velas aun sin llamas, presagiaba una noche de definiciones, donde, me dije, tendría que jugar todas mis cartas, pues seguramente, no habría una segunda oportunidad.


Me sirvió unos bocaditos y vino tinto, luego se sentó en el otro extremo del sofá de tres cuerpos donde me hallaba.
-¿Te gusta Piaf?
-Sí, claro, me gusta mucho.
Fue hasta un aparato, manipuló algunos controles y volvió. La voz de Piaf, en un plano secundario, nos envolvió.
-Es de la obra teatral. ¿Te gusta el teatro?
-Ni mucho, ni poco, más bien me gusta leer.
-Bueno, a mí también, solo que…
Conversamos de todo un poco, y entre sorbo y sorbo de vino desgranó anécdotas graciosas de su niñez en Nápoles, y otras de su paso por España. El clima intimista que se estaba gestando potenció mi autoestima y la esperanza de que la aventura llegara a buen puerto. Estaba alegre, dicharachera, parecía ser la imagen de la felicidad. Yo festejaba sus chistes de buen grado, y observaba con placer cada uno de sus rasgos y mohines.
Y pensaba que…
Era una mujer hermosa y apetecible al alcance de un lobo hambriento en espera del momento oportuno de atacar.
Seguramente mi visión de los hechos resultaban excesivamente optimistas debido al alcohol. Aunque, debo admitir, que  por momentos me invadía el feo presentimiento de ser yo la criatura desamparada ante el acecho de un depredador despiadado.
Me reí de la ocurrencia. ¡Qué tonto era!
-¿De qué te ríes?
-De nada, solo…   
-No me vas a decir que te ríes de la nada, Pilluelo -Dijo con esa deliciosa tonadita tana/gallega que acariciaba como el terciopelo.
-Es que, se me ocurrió pensar que eras una pantera y yo tu presa.
-Que imaginación, abuelito.- Sonrió burlona, provocativa, abanicando sus largas pestañas.
Quedé mirándola, Indefenso, sin plan, sin coraza.
Abrió la boca para decirme algo, pero antes se pasó la lengua embebida en vino por los labios, dejándolos brillantes y cargados de erotismo. Cuando escuché su voz lánguida ya había iniciado el movimiento cansino, como  desperezándose, con el que se arrastró hacia mí por el tapizado de cuero negro del sofá. Empezaba a volverme loco.
-No está mal, tal vez sea una pantera.-Dijo, y ahora sus movimientos eran felinos en un cien por ciento.
Yo solo miraba, no se me ocurría abrir la boca. Y de pronto dice, como lo más natural.
- Abuelito, ¿ya quieres comer, o prefieres que sigamos hablando aquí?
¡Quién quería comer! Por dios.
-La comida puede esperar.-Oí decir a una voz débil que salía de muy dentro de mí.  
No contestó ni prestó la menor atención a mi dicho, tenía un objetivo que lo cumpliría dijese lo que dijera. Y siguió avanzando hasta que el trecho que nos separaba quedó en el límite de lo soportable.
El aroma a lavanda que despedía su piel, el leve jadeo de su respirar, y las dos botellas de cabernet no hacía más que exacerbar mis bajos instintos.
Intuía que el momento de definición había llegado. Dudaba entre ser delicado, o procaz. Finalmente opté por la primera opción, y fracasé.
La tomé de los hombros y tiernamente la atraje a mí con intención de besarla. Ella, con celeridad de experta en estas lides, puso la palma de su mano izquierda en mi boca, y la derecha en mi pecho, impidiendo el contacto. Miró derecho a mis ojos, estaba seria, desconcertante.
-Dime, ¿a qué has venido?
-Cómo a qué he venido.-Contesté automáticamente, pues no tenía respuesta a la pregunta.
-¿Acaso te doy asco?
Se levantó del sofá y rió de buena gana, la seriedad había desaparecido por arte de magia de su rostro.
-No seas tonto abuelito, los besos en la boca solo los doy cuando estoy comprometida.
Me levanté con cierta dificultad, la rodilla no me daba otra alternativa, y tratando de ser firme, le dije:
-No juegues conmigo, chiquita.-
_Haaa. Pillín, parece que estás muy apurado.
Otra vez se acercó provocativa, y quedó ahí nomás del toqueteo.
-Debes tener paciencia, abuelito, disfrutemos la noche, no la estropees.-Sus dedos tibios se posaron en mi mejilla, y cuando intenté hablar, se deslizaron hasta mi boca, sellándola.
No le hice caso; estropear la noche sería quedarme quieto.
-Espérame aquí unos segundos, quiero mostrarte algo.-Dijo y giró para alejarse. Dio dos pasos, y yo pegué un salto, impulsado por la pierna sana, pero al aterrizar casi todo el paso de mis cien kilos recayó en la pierna del problema.
Y comprobé que se puede ahogar un alarido. Apenas recuperé el equilibrio le pasé los brazos por la cintura y las subí hasta cubrir sus grandes tetas. Se quedó quieta por unos segundos, y hasta me pareció que tiraba el culito para atrás festejando la ocasión. No duró mucho, cuando mis manos recién comenzaban a explorar los dos tesoros ocultos, una voz dura, cortante, rompió la magia del momento.
-Basta…Basta.-No fue necesaria una tercera advertencia, la palabra tuvo el efecto de una descarga eléctrica, aparté las manos instintivamente, y quedé viendo como su trasero contoneante se alejaba para perderse en un pasillo oscuro.
Es como dijo Norberto, pensé, “una calienta bragueta”.
-Carajo, y yo aquí como un pelotudo, y esta rodilla de mierda, como duele.-Y… Tantas cosas que se me ocurrieron para insultarme e insultarla. Y también pensaba que no volvería, o que simplemente me echaría de la casa.
Llené una copa de vino y me senté en el sofá a esperar, o mejor dicho, a hacer tiempo para que se me pasara un poco el dolor de la rodilla y pensar en la acción a seguir. Edith Piaf continuaba con “La vida color de rosa”. De un solo trago vacié la copa, había tenido la precaución de traer la botella de la mesa.
A la tercera copa la rodilla ya no molestaba, y la vida nuevamente se teñía de rosa. Empecé a tararear la canción.
No me di cuenta que estaba allí, mirándome, vaya a saber por cuánto tiempo. En la penumbra que separaba el pasillo oscuro de la luz del living, apoyada en la arista de ambos, un poco borroneada por la escasa luz, me pareció ver, como dibujada al crayón, la imagen de una monja. Me enderecé perplejo. Apuré la media copa de vino restante, y no necesité aguzar la vista, ella vino a mí. Se había calzado los hábitos franciscanos, y hasta tenía puesta la capucha.
La noche se había puesto movida, y no alcanzaba a comprender cabalmente la intención de Ornella. La ropa de color habano parecía nueva, de esas que lucen magníficas en las películas, pero no en un convento. Traté de incorporarme, y sin palabras, me señaló que quedara donde estaba. No anduvo con vueltas, levantó el hábito tomándolo del borde que arrastraba por el piso, llevándolo hasta el ombligo. No tenía nada puesto, salvo una mata de pelos negros y ensortijados brotados del pubis, que contrastaba con la piel blanca y mórbida de sus muslos. Perdón, me olvidaba que también llevaba puesto un par de medias azules que le llegaban a las rodillas. Ja, ¡dónde me había metido!
-En el sitio ideal, dijo mi otro yo, y agregó: No te vas a poner a pensar en el por qué de las cosas justo ahora. No es momento de filosofar Fabián. Asentí y me entregué a lo que viniera.
Y lo que vino me transportó al paraíso, se subió a horcajadas entre mis muslos. Estaba seria, la capucha que cubría sus cabellos le daba un aire misterioso, dando la sensación de ser un monje de la santa inquisición.
Como si se tratara de un ritual desató lentamente el nudo de mi corbata, y desabrochó el primer botón de la camisa. Ahora la Piaf cantaba: “No, me arrepiento de nada”.
Después le tocó el turno a la bragueta. Supongo que sería cómico para un observador ocasional ver a un tipo de traje en esos menesteres. Claro que eso lo pensé recién cuando volvía a casa. El resto no duró mucho. Debo decir que la chica era hábil. Metió la mano en el nido y agarró a su presa sin preámbulos. Se echó un poco atrás y sin soltarla dijo:
-¡Que grande y duro, abuelito!
Y yo, que le iba a contestar, si no sabía si se estaba riendo de mí, o verdaderamente le perecía grande y duro. Recordé la frase de Gassman en “Il sorpaso”:-Modestamente…- Pero no la dije, por no quedar en ridículo.
Lo acarició con delicadeza, tomándose su tiempo, jugueteó con él como si fuese su osito de peluche preferido, sin omitir los besos, y poco antes que el muñeco reventara, se sentó encima y lo fue empujando milímetro a milímetro hasta el fondo del abismo, donde sobran las palabras.
Si el comienzo fue espectacular, al resto fue glorioso. Ornella cabalgaba sobre mi pelvis cual guerrero furioso, gritando y maldiciendo, revoleando los brazos como si sujetaran riendas invisibles que cada tanto me abofeteaban.
   Los pechos no los veía, pero los tenía bien sujetos por debajo de la sotana. El intenso trajinar corrió la capucha a un costado, descubriendo su carita cansada, cubierta de sudor. Mi imaginación volaba, y mi calentura no le iba en zaga. No tenía mucho tiempo antes que el goce final dejara la noche en el pasado. Y en ese ínfimo lapso debía elegir entre  la ternura de poseer a la chicuela de la  carita cansada, o a la monja que me montaba con furia.

Arnaldo Zarza.
                                  Continuará.

miércoles, 28 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"


                                             Solo para mayores
Doce capítulos          Parte VII



La conocí en la cena, yo estaba ocupado sacando fotos y filmando el evento, igualmente, entre plato y plato pasé un buen rato con ellos.
Era linda, sí. No una belleza, pero tenía gracia y dos tetas impresionantes, como bien las había descripto mi amigo. ¿Qué más se podía pedir? Amable, culta, y con una tonadilla italiana que daba gusto oírla. Al rato hablábamos como grandes amigos, los tres. No había que ser un gran observador para notar que coqueteaba con mi amigo, aunque en ocasiones, como una veleta, también lo hacía con algún otro varón que tuviera a mano. Lo hacía sin recato, y hasta parecía que con inocencia, como me había dicho oportunamente Fabián. Sin dudas pertenecía a la clase de mujeres peligrosas para el macho que desea llevar una vida sin sobresaltos. Con el tiempo comprendí que su naturaleza era inclasificable, ni buena ni mala, por consiguiente, había que tomarla o dejarla, sin medias tintas.
Después de una ronda de fotos Fabián me dice al oído, cuando ella fue al baño.
-Me invitó a comer tallarines al departamento, va a cocinar para mí.
Casi le tuve envidia. Pensándolo bien, creo que debería sacar el casi. Pero era mi amigo, y lo alenté. Pensé en el bailaor de flamenco, y no dije nada, me pareció de mal gusto. Fue él quien lo mencionó.
-Espero que no se aparezca el galleguete, se puede armar la podrida.-Lo dijo belicoso.
Volvió de la toilette y se puso a contar de sus años de estudiante en España, y su amistad con Manuel, al que Fabián llamaba despectivamente galleguete. Y Juanito, como bien había supuesto mi amigo, se dedicaba al arte flamenco. Hacía tres años que había probado suerte en estas playas, y desde entonces comía seguido, y hasta se podía decir que tenía un moderado éxito en “Michelangelo”.
Habían tenido una pequeña aventura, dijo, pero esa historia pertenecía al pasado, ahora solo eran amigos.
Cuando me despedí, poco antes de los postres, me abrazó frotando sus pechos en mi remera húmeda. El beso fue en la boca, sin abrir los labios, pero en la boca, tampoco puedo decir que fuera un beso verdadero, más bien se trató solo de un roce, pero bueno, así estaban los tantos, era una situación delicada, por un lado estaba mi amigo, a quién no pensaba informarle del hecho. No valía la pena que pasara por un mal rato, teniendo en cuenta la naturaleza de la tanita.  
******
La cita fue para el martes por la noche, y nuevamente oficié de cómplice. En esta ocasión pasé a buscarlo por su casa  para llevarlo a la cena del comité.
Camino al departamento de Ornella me dice:
-Hace algún tiempo que tengo sueños recurrentes con la muerte.-Intenté hablar, me hizo un gesto con las manos para que callara.-Pero anoche pasó algo extraño, cuando la figura de capa y sombrero me tiene a tiro de guadaña, otra sombra salida de las tinieblas la decapita.
¿Y  sabe quién es mi salvador?-No dudé en contestar.
-Ornella.
-Bingo. Hasta aquí no parece ser raro, debido a la situación que estoy viviendo. Pero también pude ver el rostro de la cabeza decapitada.
-Y, ¿quién era?
-Clotilde.
Los bocinazos interrumpieron el diálogo. El semáforo estaba en verde. Apresuradamente puse la primera y partimos con un sacudón. Miré a uno y otro lado tratando de orientarme, por unos segundos no pude precisar dónde estaba. El resto del camino seguimos en silencio.
*****
Arnaldo Zarza.
                                          Continuará.

martes, 27 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"
     
           Solo para mayores
     
                 Doce capítulos           Parte VI





La noche no fue diferente a otras en el aspecto externo. La cena, sin mucha charla, algo de televisión, el beso rutinario de las buenas noches, y un libro antes de apagar la luz.
Sin embargo, Fabián no tenía la menor idea de lo que ocurría a su alrededor. Su espíritu parecía haberse desprendido del cuerpo que realizaba las tareas mecánicas de comportamiento social para sumirse en un estado místico, Contemplativo. Ese universo de meditación tenía un único destino: Ornella.
Finalmente quedó dormido.
No alcanzaba a distinguir el rostro de la silueta de capa y sombrero, que con lentitud exasperante se acercaba inexorable. Ya sabía quién era, y si bien no le temía, necesitaba desesperadamente cerrar un pacto con ella, establecer una prórroga que le permitiese gozar  de la ilusión perdida. Una prórroga que le diera la oportunidad de amar.
Una oportunidad de sentirse nuevamente persona
Levantó las manos como para un armisticio, y en respuesta vio el filoso reflejo metálico de la guadaña en ominoso avance. El miedo, no a la muerte, si no a sus consecuencias, lo paralizó.
El ala del sombrero abrió un resquicio por donde se filtró la imagen de un rostro impreciso, casi sin luz, casi sin rasgos.
La noche se quebró con un grito espeluznante.
La cabeza se separó del tronco, y de ella el sombrero.
Ornella aun blandía la espada, que recorriendo un semicírculo, dibujó el trayecto con una llovizna de sangre.

 Arnaldo Zarza.
                                     Continuará.