Mostrando entradas con la etiqueta amor imposible. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor imposible. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de agosto de 2010

"Unos pocos días de primavera"

             Solo para mayores
                 
     Doce capítulos
                   
                   Parte    XI  y  XII
                 
                       Parte XI
La silueta de capa y sombrero volvió una vez más en la noche de sus sueños. Fabián la miró sin miedo, sin emoción.
-Ya estoy listo.-Le dijo. Luego giró para quedar de costado, y se volvió a dormir.



Parte XII



Un año después la volví a ver, tocó el timbre de mi departamento, y sin explicaciones ni disculpas, tal como era ella, me dijo al tiempo que sonreía de oreja a oreja:
-Ciao caro.-Me dio un abrazo, un beso en cada mejilla y se metió dentro, sin darme oportunidad a una negativa. El Chanel número cinco inundó el living, y a los pocos minutos ya estaba subida a horcajadas entre mis piernas.
Me hizo casi todo lo que hizo con Fabián, fue un calco, pero sin los hábitos.
Durante ese año, luego de conocerla, habíamos entablado una correspondencia a través  internet, haciendo yo de mediador entre ella y Fabián. El caso es que mi amigo no entendía que la relación había concluido en el mismo instante en que salió del departamento, como seguramente pasaría cuando saliera del mío.
El la llamaba a Italia por teléfono y la situación se hacía insostenible, por suerte, a los pocos días de los insistentes llamados recapacitó y no volvió a molestarla. Nosotros continuamos mandándonos mensajes esporádicos de saludos y otras trivialidades.
Cuando tocó el timbre de mi puerta no sabía que estaba en Buenos Aires, y menos la intención que se traía. No me quedan remordimientos, pues Ornalla es inimputable, o algo así, y sé que no estoy traicionando a mi amigo. 
Pero descubrí porqué usaba siempre pantalones. En lo mejor de la acción la agarro fuerte de los tobillos, el izquierdo, el que yo asía con la mano derecha, era duro, y dejaba escapar un frío metálico que lo sentí a través de la oscura media. Fue solo una fracción de segundos la mirada de entendimiento que nos cruzamos, supongo que ella estaría acostumbrada a esos avatares, un momento difícil, pero lo superé sin que se notara.   Ahora entiendo por qué en la cena de la láctea un ingeniero se refirió a Ornella como la renguita, yo nunca la había visto caminar, o tal vez no presté atención.    
Fabián falleció hace seis meses, en sueño, sin dolor, sin molestar.   
Yo tengo cincuenta, recién cumplidos, y nunca me paso algo igual, ni creo que vuelva a repetirse.



Arnaldo Zarza.
                                             FIN

sábado, 31 de julio de 2010

"Unos pocos días de primavera"

              Solo para mayores

              DOCE CAPÍTULOS
                      Parte X



Dos días después Ornella volvió a Italia, fue la última vez que la vi. Cuando la fui a buscar en taxi para llevarla al aeropuerto se creó una situación incómoda, desagradable. El galleguete también viajaba, y los tres debimos acomodarnos en el asiento posterior del auto, ella en el medio. Apenas subimos a la autopista empezó a refregarme la pierna. Habló todo el trayecto, me agradeció los servicios prestados y cada tanto, remarcando alguna frase, me acariciaba el muslo. Él miraba de reojo, sin decir palabra, con la misma sonrisa cínica que portaba durante  el breve encuentro que tuvimos en la puerta del departamento, cuando yo salía presuroso debido a los requerimientos de Ornella.
-Apúrate, debes irte ya. Juanito está llegando.-Yo ni siquiera tenía la cremallera subida, menos mal que estaba vestido, solo tuve que incorporarme, tomar el bastón, cerrar la bragueta, alisar un poco el traje y huir. Ahí estaba él, apareció de la nada, de este lado de la puerta, que estaba cerrada. No había tiempo para pensar la actitud a tomar. Abochornado, solo atiné a balbucear un saludo y a retirarme con cierta dignidad. Él devolvió el saludo con una inclinación de cabeza, parecía divertido con la situación.
El ascensor se puso en marcha, y una duda empezó a zumbar dentro de mí. En la calle, con el aire fresco de la madrugada, la idea siguió revoloteando.
¡Un voyeur! Eso es, no puede ser de otra manera. No lo vi entrar, el tipo seguramente estuvo todo el tiempo ahí, mirando lo que hacía su mujer conmigo. La idea me parecía horrible, aunque no falto de lógica. Con todo eso, me resistía a pensar que esa criatura tan dulce pudiera caer tan bajo. Así, con pensamientos tan encontrados pugnando por llegar a un acuerdo que me dejara conforme, caminé unas cuadras antes de tomar el taxi que me llevaría a casa. Era una mujer impredecible, no cabía dudas.
Finalmente embarcaron, me dio un beso en cada mejilla y me dijo al oído:
-Aquí se terminó todo abuelito. Fue muy lindo lo que pasó, ahora debes olvidarte de mí, no trates de comunicarte conmigo, piensa que lo que hemos hecho debe quedar como un dulce recuerdo.
Y desapareció.
Quedé solo en la inmensa nave de la terminal aérea. Solo en medio de un mundo de gente. Mirando sin ver, oyendo sin escuchar, Tratando, como en los velorios, de sobreponerme a lo inevitable. Con los recuerdos confusos y el gusto amargo en la boca. Tratando de analizar cada una de las acciones vividas durante la breve aventura, como si así las pudiera alargar o modificar a mi antojo.
Arnaldo Zarza.
                                 Continuará.