Mostrando entradas con la etiqueta deja vu. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deja vu. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-capítulo VI

                             (Déjà vu)


              Última parte          Arnaldo Zarza

La última vez que lo vi, perdón, (Tal vez no tenga mucho sentido hablar de antes o después en este caos temporal que me toca vivir.) fue hace unos pocos días, cuando caminábamos por la peatonal de Miramar con Ivana y Santiaguito. Él tomaba uno de esos helados baratos que al sorberlos te das cuenta el por qué del precio, yo y los míos también.



Estaba de espaldas, me acerqué despacito y me senté a su lado sin que se diera cuenta, aprovechando que Ivana y el niño se metieran en un negocio en busca de pañales descartables. Se dio vuelta de a poco, como presintiendo mi presencia. Sería como las ocho de la noche, los últimos rayos del sol dibujaron el perfil que me sacaba el sueño dejando en penumbra el resto de la cara. Aun así distinguí sus rasgos duros, angulosos, como tallados en piedra. Me miró de soslayo, al cabo de un tiempo que me pareció insoportable, dijo:


-Es como si el tiempo y el espacio se corrompieran en algunas ocasiones. Soy testigo inmemorial de estos accidentes cósmicos. Desde el muelle lo he visto entrar y salir una y mil veces de las entrañas del mar. No hay mucho más que decir. 

-¿Entonces, lo que me pasa es real, tiene una explicación?-Dije con un dejo de esperanza.
-De eso no estoy tan seguro, pero si le sirve de consuelo le digo que conozco a un puñado personas que padece el mismo mal.
Hablábamos bajito, como tratando de ocultar un gran secreto, mientras la gente caminaba indiferente en torno a la mesa que ocupábamos frente a la heladería, en la peatonal.
-¿Debo entender que me han rescatado más de una vez del mar?
-Si.
-No me vuelva loco. 
-Si no quiere terminar en ese estado trate de no volver a la escollera.
-¿Y usted, que hace allí? 
-Soy un adicto, siempre regreso al mismo sitio, viajo con el pasajero de turno, soy algo así como un polizón. 
Puedo decirle que algunos gozamos de esta horrible suerte.
Se levantó sin mirarme, se metió entre la marea humana y desapareció de mi vista. No fui capaz de articular palabra para retenerlo, seguramente debido a que no se me ocurría qué preguntarle. Me quedé pensando en lo irreal de la conversación, y si tal vez no fuera alguien que sabía de mi problema y se reía a mis costillas. Cuando Ivana regresó, un cucurucho se derretía sobre la mesa de plástico a la que estaba sentado.
  A esta altura del partido ya no estoy seguro de nada, la lógica me dice que tanto puede ser cierto que cabalgue entre infinitos mundos o simplemente esté chiflado como una cabra. 
Por momentos parece que mi mente sale del cortocircuito esfumando las imágenes sobrepuestas de los tres mundos o más que coexisten en él, es cuando se me aclaran las ideas y puedo recordar con cierta lucidez los hechos del pasado cercano sin grandes interferencias de espacio y de tiempo. Ya sin la caótica sucesión de mis recuerdos separo nuevamente una historia de otra para estudiarla y sacar alguna conclusión que me deje vislumbrar el horizonte. 
Dicen que ante los hechos consumados no hay marcha atrás posible, te pueden gustar o no, pero son inmodificables. También dicen que todo es posible en el reino de la mente. 
Últimamente empiezo a cansarme de este jueguito de nunca acabar, y trato de vivir el acá y el ahora mientras replanteo mi vida, o de lo quedó de la misma.
Si este no es mi mundo, ni Ivana mi mujer, tampoco lo es el de Ana, con la que supuestamente estoy casado. Por otra parte, la Ana de mis celos enfermizos, del que parecería ser el universo del que provengo, solo existe en mi memoria, o imaginación. 
Bien, en esta naturaleza desquiciada que me toca vivir, lo único tangible de estos momentos son Ivana y el niño, entonces pienso. ¿Por qué complicar tanto las cosas? ¿Por qué seguir escarbando en un pozo sin fondo? ¿Por qué seguir buscando el paraíso perdido, sabiendo que no tengo chances de encontrarlo?
 El caso es que no me resigno a vivir sin conocer la verdad, aunque sea dolorosa, y si bien no albergo grandes esperanzas, sigo investigando en relativo silencio, sin prisa pero sin pausa, hasta que el destino se digne darme una respuesta comprensible.
********
  Pd: 
Ha pasado el tiempo, aunque no en el sentido tradicional. 
Cada tanto vuelvo al muelle de pescadores a darme un chapuzón. 
Él ya no agita su mano, solo observa como desaparezco una y mil veces tragado por el mostruo verde.
Me convertí en un adicto.


-FIN-

viernes, 24 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-capítulo V

                             (Déjà vu)
             
                Parte V        Arnaldo Zarza
Con el paso del tiempo empecé a comprender algunas cosas, otras, las más importantes para mí, no tanto. Últimamente trato de poner orden a la cronología de los acontecimientos de mi vida sin  mucho éxito. El recuerdo del pasado no coincide con el presente. No se a ciencia cierta cual de las historias es la correcta, si la anterior, o esta. 
No sería extraño que sufra de un desdoblamiento de personalidad. Hay algo que no está bien y no se que es. En un  principio las cosas anduvieron de maravillas, pero con el correr de los días, cuando ya me había acostumbrado a la felicidad, los pequeños detalles que no encajaban, y que en un principio ignoré, se hicieron insoportables. De apoco tomé conciencia que ya no podía seguir ocultando la realidad que me tocaba vivir. El hecho de haber recuperado a Ana casi milagrosamente no alcanzaba para tapar el sinfín  de interrogantes que se presentaban día a día en mi azarosa vida cotidiana. 
En un comienzo no me atreví a confiar tan siquiera en ella lo que me sucedía, mi felicidad era tal que temía echarlo todo a perder con una historia rebuscada, extravagante, y sin sentido. Para colmo, la presión intelectual que soportaba se volvía intolerable, no tardé en empezar a desvariar y a concebir ideas locas, visiones  de mundos diferentes, mundos donde podía escoger la historia adecuada para construir el futuro a mi entera satisfacción. 
Sitios donde la vida no estaba regida por el azar o la incertidumbre, mundos donde podías ser artífice de tu destino. Universos donde, si no estabas conforme con él, podías andar y desandar el modelo elegido. Aun hoy me sacuden ráfagas de pensamientos que me resultan imposibles de manejar, y que a veces no alcanzo a separarlos de la realidad; me dejo llevar por ellos, sin poder alterar su curso, por momentos fantaseo que estoy muerto mientras floto en una especie de sueño interminable, donde me veo caminar hacia el muelle de pescadores siguiendo la rutina del primer accidente, donde el mismo rostro de antes me saluda al entrar a las aguas, luego, como entonces, una especie de corriente eléctrica sacude mi cuerpo y súbitamente dejo de sentir la necesidad  de  respirar, finalmente ingreso al mundo de Ivana, o de Ana, alternativamente. 
No sería raro que los minutos sin respirar bajo el agua me dejaran algún tornillo flojo, es probable que la secuela del paro cardíaco y la resurrección dañaran algunas neuronas, haciendo que los sucesos pasados los recuerde alterados en el tiempo.  
Sin embargo, y a pesar de todo, tengo la esperanza de poder explicarme esto sin recurrir a la hipótesis facilista de algún tipo de alteración mental.  
Desde este sitio que parece cortado a hachazos para dejar al descubierto el corredor de arena rubia bañada por el océano, comienzo a disfrutar del paisaje, el sol y la brisa marina, sin el obsesivo peso de mis problemas. Desde aquí pude reconstruir mis dos accidentes como un observador lejano e imparcial. Ahora, con una idea más acabada de los hechos, y asumiendo el miedo a lo desconocido, siento que un viento fresco y saludable limpia mi alma sacudiendo el polvo que hay en ella. Una serena esperanza nace en algún lugar de mí ser, tal vez sea hora de pensar que ni tengo un tornillo flojo, ni dañada una neurona. Y creo tener una o dos pistas, que son las que me aferran a esa idea. Una de ellas es la bikini que Ana había comprado a la vendedora de la playa en las épocas que yo moría de celos. 
A los dos o tres días de mi primer accidente Ana lo encontró dentro de una vasija grande que teníamos de adorno en un rincón del living de Chapadmalal, donde yo la había escondido luego de acusarla de ir casi desnuda a la playa.  


-Mirá lo que encontré Arnold.- Me dijo desconociendo las diminutas prendas que me habían hecho enfurecer pocos días atrás. No dije nada, dejé que supusiera pertenecían a una de mis hermanas. A la media hora me devanaba los sesos tratando de encajar a la Ana de mis celos en la casita de Chapadmalal (donde nunca había estado), con esta, con esta Ana, ¿se entiende? Por dios, ya tenía suficiente con las dos Anas e Ivana para que me saliera una tercera. Decidí olvidarla, enviarla al tacho de desperdicios. 
Hoy la desentierro del baúl de mis recuerdos pues tal vez sirva de rastro para llegar a la verdad.
El otro elemento de juicio es el rostro que vi cada vez que volví a la vida, algo me decía que el dueño de esa cara sabe algo, o tal vez mucho de lo que me sucede. Esa mirada no era la de un curioso cualquiera, esa mirada la he visto en otro sitio, ese hombre me conoce y yo lo conozco. Creo que su presencia no es casual. Me digo una y mil veces, debo encontrar al dueño ese rostro. 
Una vez más buceo en el mar de mis memorias y aterrizo feliz en el mundo donde Ana es mi esposa, y las cosas marchan como a mi me gusta. Esquivo un poco el placer que me produce su proximidad, y me dedico a buscar lo que he venido a buscar. Ahí voy.
Siempre he pensado que este mundo está plagado de casualidades, habíamos ido a cenar a una parrilla de esas, que un tanto improvisadas servían excelentes carnes entre los eucaliptos bien iluminados a un costado de la ruta que lleva a Mar del Plata, y a escasos metros del mar. Dos cervezas después, fui a orinar a un lugar espeso del bosque circundante, parece que era el sitio apropiado para esos menesteres, pues no era el único contribuyente al riego de la arboleda. La luz blanco pizarra de la luna llena alumbró tétrica a mi vecino; era él, ese rostro que había visto mil veces en mis sueños y vigilias, el mismo que me observaba cuando me reanimaron. Nuestras miradas se cruzaron brevemente y supe en el acto que me había reconocido, se hizo el zonzo tratando de mirar a otro lado mientras se ponía a silbar bajito.
-Con usted tengo que hablar.-Le dije.
-Está bien.-Me contestó resignado.
-Cuénteme lo que sabe.
-No se si le va a servir de mucho.-
-Estoy seguro que sí.-Se sacudió, yo también. Quedamos en el mismo sitio, mirándonos de costado, como si nos estuviéramos contando un secreto.
-No está solo en esto, hay algunos más con el mismo problema.
-Eso no me aclara gran cosa.
-Yo tampoco lo tengo muy claro.
-Es usted el pescador que me saludaba cuando me tiré al mar, el día del accidente. ¿No es así?
 -Es así, pero no lo estaba saludando, le hacía señas para que no entrara al mar en ese momento. Desgraciadamente usted no me entendió.
La conversación había logrado excitarme como si con ella fuera a resolver todos mis problemas. 
-¿Por qué quería evitar que me metiera al mar?-Me oí decir, arrepintiéndome inmediatamente de mi estúpida pregunta.   
-Usted sabe, tal vez hubiera evitado eso.-Dijo sin aclarar mucho mi duda. 
Mi ansiedad iba creciendo a pasos agigantados, quería sacarle las respuestas con un tirabuzón y hacerme humo cuanto antes, mi interlocutor no era muy directo, y yo precisaba respuestas rápidas y esclarecedoras.
-¿Que es eso?- Le dije para que su respuesta no estuviera basada en mi pregunta.
-Mire, la historia es complicada, difícil de contar, y más difícil aun de comprender, en el mundo somos una pequeña comunidad… 
-¿Arnold.-Escuche la voz de Ana, que a mis espaldas se acercaba peligrosamente.
-Ya voy.-Dije girando la cabeza.
-En otra ocasión la seguimos.-Las palabras quedaron flotando en el espacio vacío que un segundo antes había sido ocupado por mi confidente. Él era una sombra que se perdía entre los matorrales. Mierda, que desgracia. Pero algo era algo, podía soñar con que tenía la punta del hilo, aunque sin saber lo largo que pudiera ser este.
Al día siguiente lo busqué incansablemente por la costa, sin ningún resultado halagador, nadie sabía de su existencia. Así días tras días.
Se que esta historia es inconexa, y tal vez incoherente, pero es la que tengo, y la que puedo armar a duras penas, no me siento en condiciones de ponerle orden, o cronología adecuada. Por momentos me siento eufórico, casi saboreando la resolución del enigma, para luego caer en la más absoluta depresión. Los recuerdos van y vienen, llenando huecos y abriendo otros, mezclados con ideas que pugnan por dar una explicación coherente a la incoherencia.
Hace unos días se me ocurrió pensar qué hubiera pasado, si en la fiesta de fin de año donde conocí a Ana, en vez de tropezar con ella y caer al piso abrazados, se retrasaba tan solo unos segundos, o si su itinerario se hubiese apartado un poco de mí. Seguramente solo sería el recuerdo grato e inalcanzable de una mujer hermosa, y sin dudas la historia con Ivana no se habría interrumpido. Fantaseé que Ivana podía ser una alternativa, así como la Ana inalcanzable y la Ana que me quiere y es mi esposa. 
Con ese razonamiento, y algunos datos más aportados por “mi amigo el pescador”, elaboré la teoría de que, tal vez por un capricho de la naturaleza coexisto en dos o tres mundos simultáneamente, no me pregunten como o por qué, pues desconozco la respuesta. 
Pero claro, las cosas no son tan simples, y aunque lo fueran, aún tengo algunos interrogantes que no terminan de encajar.     
Hoy vivo en el mundo de Ivana, pero se que en cualquier momento, estuve, o estaré en el mundo de Ana. 

domingo, 19 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal - Capítulo IV

                 (Déjà vu)
            
            Parte IV                  ArnaldoZarza
Ahora bien, me parece que es tiempo de analizar el preámbulo del primer accidente para que se formen un panorama más claro de los hechos.
Como decía, las aguas de  Chapadmalal son frías, y ese día mi estado de  ánimo no era  el mejor, por no  decir “el peor de mi vida”. 
El catorce de  enero del 2001 casi llegaba a mitad de su vida. El sol brillaba solitario en el cielo azul luego de la feroz tormenta de la madrugada. Así de loco es el inestable clima de este paraje tan grato a un ser que huye del calor, y  al mismo tiempo, de escaso apego a la  playa. A decir  verdad, no solo los imprevistos cambios climáticos de esta sinuosa fracción de  la franja costera son las causales de  mi maniática felicidad. Por lo general, gozo la paz que emana de esta pequeña población mientras leo; cómodo, tranquilo y sin   interrupciones, despatarrado en la  perezosa del porche de la casita montada  en la punta de la loma, alguna que otra novela de esas que  reservo para las vacaciones. También amo el paisaje verde y ondulado que se extiende delante de mí hasta donde llega la vista, los olores de eucaliptos y del pasto fresco recién cortado. El murmullo de las abejas y demás insectos, que en la quietud de la siesta acompañan a coro el trinar de los pájaros. El campo, que asoma al amanecer y se esconde a la noche para dejar disfrutar la miríada de estrellas que, de vez en cuando nos saludan con un destello fugaz. 

Ana y yo habíamos decidido interrumpir brevemente nuestras relaciones, mejor dicho, Ana me conminó a que cambiara de actitud ante mis “supuestos” celos enfermizos. Discutimos, se enojó bastante y me dejó plantado en la mesa de un café mientras hacíamos tiempo para ir al cine. Todo había empezado debido a mi sospecha, tal vez en este caso infundada, de que había otra persona en su vida. 


En el café de “La Paz”, un grupito de amigotes de Ana que concurrían asiduamente al establecimiento, se arremolinaban alrededor de una mesa como abejas al panal. Yo, en particular, no era amante de sitios como ese, tal vez por no identificar el terreno como propio, y me había resistido un poco antes de que casi me obligara a entrar.  

Ya dentro comprobé que mi aprehensión no había sido errada. Un tipejo untuoso se acercó de la mesa en cuestión y la saludó con un beso de esos que no me gusta nada, se pusieron a hablar casi al oído y con risitas cómplices mientras me ignoraban olímpicamente, como si fuera una tía vieja. Apenas se fue el intruso, diez minutos después, y sin darme tiempo a que la recrimine, otro espécimen de la misma mesa, un sujeto carilindo de sonrisa boba, le guiñó un ojo haciéndole un gesto con la mano que no alcancé a ver con claridad, me pareció que se refería a mí. Ella le sonrió discreta, y me pareció verla ruborizada. Ya no aguanté más, le dije unas cuantas cosas, creo que levanté un poco la voz.
Ana no discutió, simplemente se levantó y se fue. 
Más tarde, por teléfono, me dijo que le había hecho pasar un momento horrible, que Pelusa le contaba unos chismes de amigos comunes, y que tal vez habían hecho mal en hacer rancho aparte, pero que eso no justificaba mi proceder, también me dio a entender que a Pelusa no le interesaba el sexo opuesto, cosa de la que no estoy muy seguro, por último, trató de hacerse la tonta respecto al carilindo, solo dijo que apenas lo conocía del gimnasio, cosa que me puso más loco aún, debido a que estaba convencido que había otro, que podía ser este o aquel, pero, que había otro.
Finalmente me tranquilicé y decidí tomarlo con calma, pues aun así no quería perderla. Traté de suavizar las cosas, pero ella había tomado la determinación de que no nos viéramos por unos días, y me dijo que iría  una semana a casa de la abuela en la ciudad de Miraramar.
Ante el hecho consumado acaté la orden y a mi vez tomé rumbo a la casita familiar de Chapadmalal, seguramente pensando que debido a la proximidad con Miramar, de alguna manera me las ingeniaría para verla.  

Así estaban las cosas en mi vida por ese entonces. Solo, y loco por Ana. Rumiando mi bronca al comprender que ese año no pasaría las vacaciones con ella. 
Como decía, ese día mi estado de  ánimo no era  el mejor, y como en las últimos jornadas, fui a la playa a descargar mi furia. 
El resto lo saben. Casi muero en el mar, y con una diferencia temporal de cuatro años hacia atrás, Ana era completamente mía.
Unos días después cometí el estúpido error de repetir la experiencia; la misma caminata hacia las rompientes esquivando obstáculos mecánicamente, el mismo viejo que me saluda y tal vez la misma ola,  la misma sensación de haber vivido lo que estaba por venir, la misma película proyectada una y mil veces.
 No se por qué lo hice, y tampoco puedo decir con certeza que estoy arrepentido.  
Empecemos de cero una vez más. Mientras camino sin rumbo al mar masticando lentamente cada palabra surgida de mis recuerdos, analizo nuevamente como fue el principio del fin. 

Recuerdo que mi mundo había cambiado radicalmente  desde que la conocí, desde entonces mi vida no era la misma de antes, tranquila y sin sobresaltos.
Estaba loco por Ana, y ella no tanto por mí, o peor aun, sospechaba que me engañaba,  aunque ese detalle seguramente no sería el peor tormento, estaba convencido que me abandonaría en cualquier momento, y eso sí sería grave para mi flaca estabilidad emocional.
Habían sucedido muchas cosas desde entonces, algunas parecidas a un cuento de hadas, otras, solo a un cuento. 
Cuando volví de la muerte por primera vez, sentí que la felicidad volvía a mí, aunque casi inmediatamente percibí que algo no andaba del todo bien. Actitudes, fechas, sitios y hechos que escapaba a mi comprensión habían cambiado mi universo de pequeñas grandes cosas. No había que ser un lince para darse cuenta que Ana no era la misma de horas antes del accidente. No es que fuera a cambiar en su fisonomía, carácter, aliento, o lo que se le pueda ocurrir a uno, era algo más sutil, o mejor dicho, la situación era diferente. 

Ana era mi esposa, y parecía estar muy enamorada de mí. 
El pequeño detalle que enturbia la escena, es que yo por ese entonces no recordaba estar casado con nadie. Por otra parte, había una diferencia de cuatro años desde el momento que entré al mar hasta que me sacaron con un paro cardíaco. Quiero decir que, en poco menos de lo que tarda uno en morir y resucitar, o sea más o menos diez o quince minutos, pegué un salto en el tiempo de cuatro años hacia adelante.
En un principio, solo traté de aprovechar el hecho de tener a Ana siempre dispuesta a satisfacer todos y cada uno de mis requerimientos, no me importaba otra cosa: -tenía la idea fija-. Pero, desgraciadamente nada es eterno, y de a poco fui tomando conciencia del fenomenal lío en el que estaba metido.
La razón me decía que no podía negar los actuales acontecimientos. 
Simplificando... mi matrimonio con Ana, el salto temporal, y que los otros, o sea, mis recuerdos del mundo que provengo, serían el fruto del cortocircuito cerebral post accidente que me había auto-diagnosticado. 

Las horas y días posteriores a mi aparición como “el esposo de Ana” fueron momentos de tensión y emociones encontradas difíciles de describir. Mi delicado estado hizo que de entrada no notara los cambios que prácticamente me paralizarían al día siguiente. Ana se mostraba atenta y cariñosa. Parecía que el divague referente a llamar la atención de mi amada con un seudo suicidio se había cumplido; me sentí un cerdo. Cuando me fui enterando de los detalles de mi nueva vida pensé que me gastaban una broma macabra, hasta que fui constatando los datos que me hacían un extraño en esa casa. Entonces, un miedo acerbo se apoderó de mí, y no se me ocurre mejor idea que volver a la escena del crimen y cometer el mismo error. Vaya a saber por qué tonta deducción, pensaba que de esta manera develaría el misterio de mi salto al futuro. Y así fue, volví a meterme al mar, en el mismo sitio, con la misma consecuencia, y sin aclarar nada, salvo embarrarla un poco más con la aparición de Ivana. 

Relato de VI apítulos.                                     
Próxima entrega:
Capítulo V- viernes 24 de junio del 2001

lunes, 13 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-capítulo III

                             (Déjà vu)                                               
              
       Parte III                Arnaldo Zarza
Sin noción del tiempo que llevo parado en lo alto del barranco que da marco al océano y sus playas, salgo del letargo de los días felices. La brisa fresca que acaricia mi piel lijada por el sol del verano, me vuelve a la vida. Pero debo continuar, e intento nuevamente colarme en el interior de mis recuerdos.   
Estamos a comienzos del año 2004, curiosamente cuatro después que tuviera el accidente. Se que es poco creíble, pero es la verdad, no se por qué, ni cómo, ni quién me transportó al futuro. 
Cierro los ojos y otra oleada de vívidas imágenes me invaden apoderándose de mí. 


Ahí estoy yo, cuatro años atrás, caminando por el pasto húmedo, abrumado por mi amor no correspondido.
Me dejo llevar por el sendero empinado hacia la arena dorada mientras repaso una vez más los hechos. Desde acá se me ve pequeño como al resto de la gente, camino sin prisa hacia la escollera que dista unos trescientos metros de mi observatorio. Esquivo cuerpos, sombrillas y carpas en mi marcha hacia el muelle. Me empiezo a cansar, las piernas no me responden, la vista se me nubla. 
Se desvanece la imagen que tengo de mí caminando por la playa, trato desesperadamente de aferrarme a ella, los recuerdos se escurren, me invade un sopor que oscurece mi alma empujándome a un abismo sin fondo, lucho instintivamente contra la nada, luego de una eternidad  siento que vuelvo de la inconsciencia, abro los ojos, una figura borrosa llena mi campo visual. Un soplido inunda mis pulmones, me están llenando de oxígeno, hago foco en caras extrañas recortadas contra el fondo azul del cielo, me miran, no entiendo por qué. Un rostro de esos llama mi atención. 
No se de donde lo conozco, pero se que alguna vez lo vi. El silencio opresivo es quebrado por tímidos aplausos que crecen en intensidad mezclados con el parloteo de la gente que parece festejar algo. Unos sollozos apartan mi atención del desconocido-conocido, escucho con nitidez mi nombre que sale de algún lado. Giro los ojos buscando las palabras de esa misma voz que seguían colándose en mis oídos;  sabía a quién pertenecían.
Intento incorporarme, pero las nauseas me juegan una mala pasada. Luego de largar parte del mar que había bebido, empiezo a sentirme mejor.
Pobre Ivana, temblando me abrazaba, lloraba y besaba a la vez. La gente se dispersaba, los paramédicos empezaron a despedirse dándome algunos consejos.
Me acordé del “desconocido-conocido”, lo busqué torciendo el cuello, pero ya no estaba a la vista. 
Rodeé la cintura de Ivana y caminamos despacito por la arena tibia buscando salir de la playa, sorteando a los bañistas, que para ese entonces seguían su rutina.     


Ya sentados en el auto que habíamos dejado a pocos metros de donde estoy ahora; en la gran explanada que da al acantilado, de espaldas al hotel cuatro, la pude observar con detenimiento, estaba hermosa. Los rayos del sol le pegaban a contra luz lanzando destellos de fuego de su cabellera roja. Sus ojos azules, enturbiados por la bruma de lágrimas me parecieron más lindos que nunca. La abracé y besé con pasión, una ráfaga de recuerdos desordenados se agitaron frente a mí. La fiesta de casamiento en casa de tía Lilí, el jardín adornado con guirnaldas y flores, las mesas dispuestas estratégicamente bajo los árboles del parque, los parientes y amigos comiendo y bailando hasta el amanecer. El día en que la conocí en la fiesta de fin de año de la empresa, y algo tomado, le dije que hiciera de cuenta que yo era un picaflor para darle el primer beso. El día que nació Santiaguito. 
La sequedad de garganta y humedad de mis ojos se acentuaron, me estaba emocionando. Durante los días siguientes permanecí callado y hosco. Ivana estaba atenta a mis mínimos requerimientos, convencida que sufría un shock post traumático, o algo así. Al día siguiente me había preguntado con mucho tacto si quería hablar del accidente, yo meneé la cabeza, de ahí en más ya no mencionó el asunto. 
Curiosamente, los recuerdos me habían transportado al segundo accidente. Omitiendo vaya a saber por qué el primero.
Luego de ahogarme por primera vez, la vuelta al mundo de los vivos fue traumática y deliciosa al mismo tiempo, por fin Ana era mía, como la había soñado siempre, pero… 
No quisiera aburrirlos entrando en detalles del tormento que representó sumergirme en un escenario distinto al que habitaba pocas horas antes. Si fue sorprendente el cambio de Ana y su entorno luego de mi primer accidente, no deja de ser asombroso mi estado actual con Ivana, luego del segundo.  
A veces tengo la sensación de cabalgar simultáneamente en tiempos que corren por distintos carriles desfasados entre sí, transitar universos diferentes, donde coexisto sin la certeza de cual de ellos pertenece al presente, pasado o futuro. Donde la lógica  temporal parece  definitivamente quebrada.


Desde mi observatorio, aquí en lo alto del risco, de espaldas al hotel cuatro, miro con atención la atiborrada playa con la esperanza de encontrar algún detalle que me de alguna pista para resolver el problema. La música tropical sale como siempre de los parlantes de la pequeña choza levantada sobre pilotes en medio de la arena, donde dan masajes, y creo que tiran el Tarot. Más allá, la gordita que vende bikinis y los exhibe colgados de una cuerda atada a dos palos, atiende a su clientela que examina las prendas con ojos críticos.  Recuerdo que Ana se había comprado uno rojo, tan chiquito, que habíamos tenido una discusión por ello. Eso fue con la primera Ana, con la Ana de… la de mis celos infundados, con la Ana inalcanzable debido a mi propia imbecilidad.
Hoy, ahora, ellas son solamente una especie de espejismo en mi vida, una imagen virtual que llevo encima permanentemente. Momentáneamente no se que fue de ellas, aunque tarde o temprano las encontraré.  
La naturaleza me está jugando una mala pasada que por momentos me hace bajar los brazos. Vivir en dos o tres mundos diferentes desfasados en el tiempo, y que se reciclan permanentemente como el vórtice de una tormenta, no es moco de pavo. Pero aun no estoy vencido. 


Relato de VI apítulos.    
Próxima entrega:
Capítulo IV- domingo 19 de junio del 2001 

martes, 7 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-Capítulo II

                                    (Déjà vu)


    Parte II                      Arnaldo Zarza
¿Qué busco en el sitio que cambió mi vida?, no lo sé, tal vez algún indicio que haya  dejado suelto la naturaleza por ahí, quizá  intentar repetir el experimento, no, no una tercera vez,  difícilmente llegue a tanto. Mientras camino buceando en  las  profundidades de mi alma, trato de  recordar paso a paso mis últimos minutos de quince días atrás, o mejor dicho, de  cuatro años y quince días  atrás, pero antes no puedo dejar de comentarles como conocí a Ana, aunque me parece que estoy enmarañando un  poco el asunto, lo que dije al comienzo, en realidad  sucedió antes de las últimas vacaciones de verano. Ahora las cosas marchan viento en popa, me refiero a  lo  relativo de la relación que me une a Ana. El caso está aparentemente resuelto, pero, maldita sea… Lo que me pasa no es sencillo, ni siquiera se cómo explicarlo con cierta coherencia sin caer en una interpretación reñida con la cordura. Supongo que yo tendría que estar feliz por haber  recuperado los favores de Ana, y digo favores porque lo siento así, como un regalo del cielo, como algo impensado apenas dos semanas atrás.
Ana, es hermosa, eso salta a la vista, no es necesario ser un especialista para  darse cuenta de ello. Piernas largas, bien torneadas, muslos carnosos y tiernos, ojos verdes, que cuando miran lánguidos a través de esos párpados regordetes con pestañas  como abanicos, te  hace pensar  que sos el rey del universo; pechos grandes, como a mí me gustan, naturales, duros, pero no tanto, panza plana y sinuosa al mismo tiempo, culo: el mejor, lo  aseguro,  con decir que, cuando vamos por las calles los ojos masculinos bizquean como brújulas en pos del polo norte. Recuerdo la vez que paseábamos por la costanera tomaditos  de la mano, y de una camioneta desvencijada que se arrastraba lastimeramente por la avenida,  salió una ronca voz arrabalera que describió con crudeza y admiración la abundancia y buena disposición de sus redondeces, comparándolas con un poema. Ana, conciente de lo suyo, solo sonrió. Yo, por otra parte, me sentí orgulloso e inseguro al mismo tiempo. No era para menos, hacía pocos días que salía con el monumento viviente. 
Cuando la conocí y me dio bola, un año atrás,  no podía creer en mi suerte, tenía a la diosa entre mis brazos. No es que yo sea un adefesio o cosa por el estilo, más bien creo  que algo de pinta tengo, bueno,  tampoco es para tanto. 
El caso es que la chica era como miel para las abejas, los tipos zumbaban a su alrededor como moscas de letrina, la rubia tenía para elegir lo  que quisiera, altos, flacos, musculosos,  intelectuales, adinerados... o yo; que ante ese panorama decidí hacerme a un costado, mientras la multitud perseguía a la abeja reina en la fiesta de fin de año de la empresa donde trabajo. Al tiempo que la fauna caliente acosaba a la princesa, dos o tres tipejos, y un servidor, aprovechamos la ocasión  para picotear las sobras. La pelirroja con quién me puse a conversar no estaba del todo mal, yo había tomado unas cuantas copas y ella también, y parecía que todo lo que le decía le resultaba súper divertido, hasta me festejaba chistes que ni a mí me causaban gracia. Modestamente, la chica había sucumbido a mi seducción. Es lo que yo llamo “cuando  todo te resulta simpático porque el otro te gusta”. O tal vez  estaba borracha, aunque prefiero pensar en positivo. ¡Me la había ganado!
Bien, el caso es que me empecé a hacer el payaso, pensando, seguramente, que era un vivo bárbaro.  
-Hacé de cuenta que sos una rosa y yo un picaflor.- Le dije  moviendo los brazos en forma de aspas mientras brincaba sobre mis dos piernas como un idiota.  
-Je, je, ¿vos un picaflor y  yo una rosa, no?    
-Cerrá los ojos.- Fue lo más brillante que se  me ocurrió para darle un beso. 
-Las  rosas no tienen ojos.- hipó mientras los cerraba riendo a carcajadas.   
Fue  en ese instante cuando la vi venir, ya estaba a poco menos de un metro mío cuando me di cuenta que seguía moviendo los brazos como un estúpido, no se bien que fue lo que pasó por mi mente en esos momentos, solo se que giré para salir corriendo, tal vez de vergüenza, con tanta mala suerte que tropecé con una mesita ratona llena de  bocadillos y vasos de bebidas. Perdí el equilibrio, y para no caer traté de asirme a lo que fuera que estuviera a mi alcance, y a que no saben que agarré. Si, a la rubia: sentí que mi mano tomaba la tela del  vestido y se deslizaba por las curvas tibias desgarrando la ropa mientras trataba desesperadamente de no caer. No creo que el show haya durado más de un segundo, pero en el recuerdo lo tengo como interminable, finalmente enlacé su cintura, y por así decirlo me la llevé puesta. Caímos cuan largos éramos uno encima del otro, yo abajo. 
Su rostro estaba a menos de lo que  un hombre normal puede resistir, me miro, la miré, la  besé, me besó.
Nos quedamos un rato así, sonrió.
-Ana.- Me dijo.
-Arnaldo.
Nos levantamos ante la mirada atónita  de los espermatozoides que no pudieron dar en el blanco, yo todavía no tenía conciencia de lo que había pasado, nos fuimos riendo a carcajadas, seguramente por los efectos del alcohol, o tal vez porque nos gustábamos. 
La pelirroja seguía con los ojos cerrados,  seguramente se habría quedado dormida esperando el beso.


Relato de VI apítulos.
Próxima entrega:
Capítulo III- lunes 13 de junio del 2001

jueves, 2 de junio de 2011

Déjà vu



¿Le ha pasado que al presenciar una determinada escena o situación, tenga la sensación de haberla vivido previamente?
Emile Boirac, científico e investigador francés, (1851-1917), en su libro (El futuro de las ciencias psíquicas), da el nombre Déjà vu a este acontecimiento, qué, en síntesis, consiste en: (la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva). -Wikipedia-  
En este relato, el protagonista debe luchar contra una pegajosa telaraña de saltos temporales, vidas alternativas y Déjà vues que lo tienen prisionero en un caótico universo sin reglas ni concesiones.


Sucedió en Chapadmalal
                                                   
                             Parte I        Arnaldo Zarza

Las aguas de las playas de Chapadmalal son terriblemente frías para mi gusto. Eso no quita que cada tanto me de un chapuzón en ellas para confirmar la excepción a la regla.
Han pasado varios días desde que volví de la muerte, o algo así. En estos momentos la prioridad de mi vida consiste en reconstruir mi pasado inmediato, anterior al incidente que alteró las leyes de la física, y fundamentalmente, mi existencia.
Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen, en mi caso, el que vuelve es el cadáver, por así decirlo. Supongo inocentemente que algo va a salir a la luz si investigo la zona donde ocurrieron los hechos. 
Doy los últimos pasos que me separan del borde del acantilado, desde aquí arriba se tiene un panorama más amplio de la costa, pero quizá engañoso, las imágenes que observo parecen una postal sin muchos detalles, la primera impresión me dice que está todo igual que siempre, el mar frío y turbulento por un lado, por el otro, los acantilados donde estoy parado, y entre medio, las playas comprimidas  por ambos, con gente que toma sol, juega a  la pelota y  se tira al agua como todos los años desde que  tengo uso de razón. Observo mecánicamente lo que  parece una película que ya vi. Luego de una  eternidad vuelvo a la realidad e intuyo que allá abajo esta la clave del enigma que me carcome los sesos. 
Desde esta posición de privilegio reconstruyo mentalmente una y otra vez mis movimientos del día que morí dos veces.
Como decía, las aguas de  Chapadmalal son frías, y ese día mi estado de  ánimo no era  el mejor, por no  decir “el peor de mi vida”. 
Ya hacía más de dos horas que  transitaba sin rumbo y con la idea fija por el familiar paisaje de arena, sol, carpas, nubes, perros, música, cuchicheos, sombrillas, y gente que intenta pasar lo mejor posible sus días de descanso.  
Ya cerca de la escollera que cierra la playa, supongo que por algún tipo de protección, tres o cuatro viejos pescaban nada, mientras dejaban correr el tiempo observando el mar ligeramente encrespado. Encaré resueltamente hacia él, “el mar, claro”, aunque pensándolo bien, ya no estoy tan seguro que fuera “resueltamente”, lo que si estoy seguro, si se me permite la expresión, es que necesitaba imperiosamente refrescar mi alma, y allí iba. A  medida que me aproximaba a la amenazante masa verde, que avanzaba hacia mí ondulante, los sonidos se fueron haciendo confusos. 
Los ladridos de los perros que jugueteaban por las cercanías, así como los murmullos, y el lejano run run de los autos que corrían por la ruta frente a los hoteles, distantes a escasos quinientos metros, se fundieron con un sordo rumor proveniente del mar, que me envolvió en sus brazos fríos. Uno de los pescadores alzó la mano en señal de saludo, yo, mecánicamente  hice lo mismo, pensando que no era momento para cumplidos, pero dicen que la educación es lo último que se pierde. 
Bien, antes de seguir con esta historia, debo decirles que lo mío era mal de amores, quiero que lo sepan para que no quepan dudas, y eso no tiene cura, salvo el tiempo, dicen. También dicen que hay otra solución, y no es prudente que les haga pensar, debido a mi errática manera de recordar, en algo que nunca pasó por mi mente. Palabra.
Después de todo, no eran más que un buen par de tetas y un formidable culo, que sin dudas no los quería perder. Claro que estaba loco por ella y todo eso, pero de ahí a que optara por la solución final, no, bajo ningún punto de vista.
No niego que por momentos pensara en matarme, pero también es cierto que de  alguna manera especulaba con el melodrama: Ana se entera casualmente que su amado ha tomado la trágica determinación de quitarse la vida, Ana corre a salvarlo y a prometerle amor eterno. Pero juro que no pasó de ahí el intento. Solo imaginaba una y mil tretas  para  recuperarla.
Se  podrán imaginar que tenía el  cerebro chamuscado por el recuerdo de mi Ana, la veía hasta en la sopa, carajo… Debía terminar con ese calvario  de  alguna manera. 
Cada cuerpo rubio de bikinis breves que se situaban en mi mira durante mis interminables caminatas, erizaban mi piel y calentaban mi alma, al ver mimetizados en ellos a mi amada, para, al llegar a sus inmediaciones y encontrarme con la triste realidad: alguna vieja horrible, o la cuarentona  narigona de várices y rollos incipientes. Claro que no faltaban  las chicas lindas, o simplemente las que rajan la tierra, pero no eran mi  Ana, y eso duele, créanme que duele mucho.    
Eché a correr para zambullirme en el mar  de hielo, creí ver los  brazos  del último pescador que se agitaban para saludarme, o tal vez para alentarme.
Corté la ola gigante que se me venía encima entrando como por un tubo al corazón de  las  turbulentas aguas: dentro estaba calmo y oscuro. 
Como un segundo después sentí la puñalada de frío que me caló hasta los huesos. Creí convertirme en un bloque de hielo, aunque con sorpresa descubrí que podía seguir braceando, aunque a duras penas. 
Ana y mi angustia existencial habían pasado a segundo plano, al tiempo que una  aprehensión  funesta se instalaba rápidamente en mí. 
El inhóspito mar borró de un plumazo  mi vocación de héroe romántico. Basta… 
Ya era suficiente. Empecé a subir, el frío fue desapareciendo a paso acelerado, al poco tiempo ya no lo sentía, los segundos corrían sin misericordia mientras buscaba la salida de ese pozo sin fronteras. Según mis cálculos estaba cerca de la playa, y a no mucha profundidad, seguramente saldría a la superficie en cualquier momento, pensé, aunque no era más que una expresión de deseo. Me quedaba aun bastante aire en los pulmones como para preocuparme, pero, pero los segundos corrían y no veía la luz de arriba. Empecé a dudar si me dirigía en la dirección correcta: ya no estaba tan seguro de qué era arriba y qué era abajo. Estaba a punto de cambiar el rumbo cuando me pareció que el agua se ponía tibia, decidí no innovar. Cuando por fin vi un resplandor que  pensé sería el sol del mediodía, me  impulsé hacia él con fuerza, mientras gastaba el último resto  de aire de mis pulmones.
La claridad seguía allí, al alcance de mis manos, pero  me era imposible llegar a  ella.
Ya no daba más, estaba agotado y sin una gota de oxígeno en el cuerpo, me entró la desesperación y empecé a agitar los brazos con furia, sabiendo que ya no podría contener la respiración por un lapso mayor. 
No se cuanto tiempo después, una especie de corriente eléctrica sacudió mi cuerpo y súbitamente dejé de sentir la necesidad  de  respirar.  


Relato de VI capítulos.
Próxima entrega: 
capítulo II- Martes 7 de junio del 2011