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martes, 25 de octubre de 2011

Steve Job... un hombre de dos mundos.


                                      
                   Relato

Extracto de la conferencia de Sirius García en ocasión del homenaje a Steve Job en la universidad de Palo Alto, Salta, Argentina, Tierra Alfa.
     
                                       15 de diciembre del 2013


Algo sobre los universos pulsantes.
El hombre, y la materia en general, son manojos de energía que se mueven giran y esconden en  los recónditos laberintos de la nada. 


El vasto espacio es cuna y refugio de la energía que crea y gobierna mundos y seres.
El espacio es un ente compuesto de pequeños hoyos por donde fluye la energía, un espeso soporte  que anida al universo tal como lo conocemos. 
Si de alguna manera se pudiera graficar de manera sencilla lo dicho anteriormente, diría que el espacio es algo así como un gigantesco queso gruyere, donde los agujeros contienen la energía, y el queso en sí es la masa madre que los genera.
La energía, o sea toda la materia de nuestros mundos, se encuentran allí vibrando y pasando de un hueco o agujero a otro constantemente. 
En esos huecos se crea, transforma, desecha y transporta la materia.
Las partículas se trasladan de un hueco a otro instantáneamente, y lo que llamamos velocidad es el tiempo que  las partículas se detienen vibrando en cada hueco.
El planeta Tierra Alfa tiene un hermano gemelo: Tierra. 
Este planeta, idéntico al nuestro, ocupa el mismo sitio que Tierra Alfa, y se lo puede encontrar en las mismas coordenadas astrales de esta, siempre y cuando el astrónomo viva en el universo de Tierra. (Risas). 
Tierra Alfa, así como Tierra, vibran en sincronía miles de veces por segundo, vale decir que aparecen y desaparecen alternativamente en el mismo espacio sin que uno tenga noticia del otro, dando la sensación de ser cuerpos únicos, sólidos y estables.
El proceso es similar al concepto de una película cinematográfica; “la gente cobra vida como por arte de magia” cuando fotos tomadas con intervalos de un veinticinco avo de segundo cada una dan sensación de continuidad al proyectarse. 






Piensen que en los intervalos negros que quedan entre el pasaje de un fotograma a otro bien podrían ubicarse otros fotogramas, otra película... otro mundo. 




Se que es difícil imaginar que a cada momento nos evaporamos para que otros, iguales o parecidos a nosotros entren en escena, como tan difícil fue y es comprender el concepto de quién está patas para arriba y quién patas para abajo en las antípodas de Tierra Alfa.


Tierra es un planeta donde la historia de su civilización es casi igual a la nuestra, salvo pequeñas  desviaciones de sucesos temporales que se comprobaron en recientes estudios.


La verificación de la existencia de los “Universos pulsantes”, basada en la teoría de López, fue decisiva gracias a la investigación y puesta a punto del Boj II, creación del   del señor Steve Job, quién a sus 58 años nos sigue sorprendiendo con su agudeza mental y diseños de avanzada. 
Es a él a quién agradecemos y entregamos hoy esta plaqueta conmemorativa.
Aplausos.
Finalmente... Es probable que este mismo acto estén realizando en este momento nuestros gemelos de Tierra.   
Gracias Steve.
 ­ Arnaldo Zarza  

jueves, 30 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-capítulo VI

                             (Déjà vu)


              Última parte          Arnaldo Zarza

La última vez que lo vi, perdón, (Tal vez no tenga mucho sentido hablar de antes o después en este caos temporal que me toca vivir.) fue hace unos pocos días, cuando caminábamos por la peatonal de Miramar con Ivana y Santiaguito. Él tomaba uno de esos helados baratos que al sorberlos te das cuenta el por qué del precio, yo y los míos también.



Estaba de espaldas, me acerqué despacito y me senté a su lado sin que se diera cuenta, aprovechando que Ivana y el niño se metieran en un negocio en busca de pañales descartables. Se dio vuelta de a poco, como presintiendo mi presencia. Sería como las ocho de la noche, los últimos rayos del sol dibujaron el perfil que me sacaba el sueño dejando en penumbra el resto de la cara. Aun así distinguí sus rasgos duros, angulosos, como tallados en piedra. Me miró de soslayo, al cabo de un tiempo que me pareció insoportable, dijo:


-Es como si el tiempo y el espacio se corrompieran en algunas ocasiones. Soy testigo inmemorial de estos accidentes cósmicos. Desde el muelle lo he visto entrar y salir una y mil veces de las entrañas del mar. No hay mucho más que decir. 

-¿Entonces, lo que me pasa es real, tiene una explicación?-Dije con un dejo de esperanza.
-De eso no estoy tan seguro, pero si le sirve de consuelo le digo que conozco a un puñado personas que padece el mismo mal.
Hablábamos bajito, como tratando de ocultar un gran secreto, mientras la gente caminaba indiferente en torno a la mesa que ocupábamos frente a la heladería, en la peatonal.
-¿Debo entender que me han rescatado más de una vez del mar?
-Si.
-No me vuelva loco. 
-Si no quiere terminar en ese estado trate de no volver a la escollera.
-¿Y usted, que hace allí? 
-Soy un adicto, siempre regreso al mismo sitio, viajo con el pasajero de turno, soy algo así como un polizón. 
Puedo decirle que algunos gozamos de esta horrible suerte.
Se levantó sin mirarme, se metió entre la marea humana y desapareció de mi vista. No fui capaz de articular palabra para retenerlo, seguramente debido a que no se me ocurría qué preguntarle. Me quedé pensando en lo irreal de la conversación, y si tal vez no fuera alguien que sabía de mi problema y se reía a mis costillas. Cuando Ivana regresó, un cucurucho se derretía sobre la mesa de plástico a la que estaba sentado.
  A esta altura del partido ya no estoy seguro de nada, la lógica me dice que tanto puede ser cierto que cabalgue entre infinitos mundos o simplemente esté chiflado como una cabra. 
Por momentos parece que mi mente sale del cortocircuito esfumando las imágenes sobrepuestas de los tres mundos o más que coexisten en él, es cuando se me aclaran las ideas y puedo recordar con cierta lucidez los hechos del pasado cercano sin grandes interferencias de espacio y de tiempo. Ya sin la caótica sucesión de mis recuerdos separo nuevamente una historia de otra para estudiarla y sacar alguna conclusión que me deje vislumbrar el horizonte. 
Dicen que ante los hechos consumados no hay marcha atrás posible, te pueden gustar o no, pero son inmodificables. También dicen que todo es posible en el reino de la mente. 
Últimamente empiezo a cansarme de este jueguito de nunca acabar, y trato de vivir el acá y el ahora mientras replanteo mi vida, o de lo quedó de la misma.
Si este no es mi mundo, ni Ivana mi mujer, tampoco lo es el de Ana, con la que supuestamente estoy casado. Por otra parte, la Ana de mis celos enfermizos, del que parecería ser el universo del que provengo, solo existe en mi memoria, o imaginación. 
Bien, en esta naturaleza desquiciada que me toca vivir, lo único tangible de estos momentos son Ivana y el niño, entonces pienso. ¿Por qué complicar tanto las cosas? ¿Por qué seguir escarbando en un pozo sin fondo? ¿Por qué seguir buscando el paraíso perdido, sabiendo que no tengo chances de encontrarlo?
 El caso es que no me resigno a vivir sin conocer la verdad, aunque sea dolorosa, y si bien no albergo grandes esperanzas, sigo investigando en relativo silencio, sin prisa pero sin pausa, hasta que el destino se digne darme una respuesta comprensible.
********
  Pd: 
Ha pasado el tiempo, aunque no en el sentido tradicional. 
Cada tanto vuelvo al muelle de pescadores a darme un chapuzón. 
Él ya no agita su mano, solo observa como desaparezco una y mil veces tragado por el mostruo verde.
Me convertí en un adicto.


-FIN-

lunes, 13 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-capítulo III

                             (Déjà vu)                                               
              
       Parte III                Arnaldo Zarza
Sin noción del tiempo que llevo parado en lo alto del barranco que da marco al océano y sus playas, salgo del letargo de los días felices. La brisa fresca que acaricia mi piel lijada por el sol del verano, me vuelve a la vida. Pero debo continuar, e intento nuevamente colarme en el interior de mis recuerdos.   
Estamos a comienzos del año 2004, curiosamente cuatro después que tuviera el accidente. Se que es poco creíble, pero es la verdad, no se por qué, ni cómo, ni quién me transportó al futuro. 
Cierro los ojos y otra oleada de vívidas imágenes me invaden apoderándose de mí. 


Ahí estoy yo, cuatro años atrás, caminando por el pasto húmedo, abrumado por mi amor no correspondido.
Me dejo llevar por el sendero empinado hacia la arena dorada mientras repaso una vez más los hechos. Desde acá se me ve pequeño como al resto de la gente, camino sin prisa hacia la escollera que dista unos trescientos metros de mi observatorio. Esquivo cuerpos, sombrillas y carpas en mi marcha hacia el muelle. Me empiezo a cansar, las piernas no me responden, la vista se me nubla. 
Se desvanece la imagen que tengo de mí caminando por la playa, trato desesperadamente de aferrarme a ella, los recuerdos se escurren, me invade un sopor que oscurece mi alma empujándome a un abismo sin fondo, lucho instintivamente contra la nada, luego de una eternidad  siento que vuelvo de la inconsciencia, abro los ojos, una figura borrosa llena mi campo visual. Un soplido inunda mis pulmones, me están llenando de oxígeno, hago foco en caras extrañas recortadas contra el fondo azul del cielo, me miran, no entiendo por qué. Un rostro de esos llama mi atención. 
No se de donde lo conozco, pero se que alguna vez lo vi. El silencio opresivo es quebrado por tímidos aplausos que crecen en intensidad mezclados con el parloteo de la gente que parece festejar algo. Unos sollozos apartan mi atención del desconocido-conocido, escucho con nitidez mi nombre que sale de algún lado. Giro los ojos buscando las palabras de esa misma voz que seguían colándose en mis oídos;  sabía a quién pertenecían.
Intento incorporarme, pero las nauseas me juegan una mala pasada. Luego de largar parte del mar que había bebido, empiezo a sentirme mejor.
Pobre Ivana, temblando me abrazaba, lloraba y besaba a la vez. La gente se dispersaba, los paramédicos empezaron a despedirse dándome algunos consejos.
Me acordé del “desconocido-conocido”, lo busqué torciendo el cuello, pero ya no estaba a la vista. 
Rodeé la cintura de Ivana y caminamos despacito por la arena tibia buscando salir de la playa, sorteando a los bañistas, que para ese entonces seguían su rutina.     


Ya sentados en el auto que habíamos dejado a pocos metros de donde estoy ahora; en la gran explanada que da al acantilado, de espaldas al hotel cuatro, la pude observar con detenimiento, estaba hermosa. Los rayos del sol le pegaban a contra luz lanzando destellos de fuego de su cabellera roja. Sus ojos azules, enturbiados por la bruma de lágrimas me parecieron más lindos que nunca. La abracé y besé con pasión, una ráfaga de recuerdos desordenados se agitaron frente a mí. La fiesta de casamiento en casa de tía Lilí, el jardín adornado con guirnaldas y flores, las mesas dispuestas estratégicamente bajo los árboles del parque, los parientes y amigos comiendo y bailando hasta el amanecer. El día en que la conocí en la fiesta de fin de año de la empresa, y algo tomado, le dije que hiciera de cuenta que yo era un picaflor para darle el primer beso. El día que nació Santiaguito. 
La sequedad de garganta y humedad de mis ojos se acentuaron, me estaba emocionando. Durante los días siguientes permanecí callado y hosco. Ivana estaba atenta a mis mínimos requerimientos, convencida que sufría un shock post traumático, o algo así. Al día siguiente me había preguntado con mucho tacto si quería hablar del accidente, yo meneé la cabeza, de ahí en más ya no mencionó el asunto. 
Curiosamente, los recuerdos me habían transportado al segundo accidente. Omitiendo vaya a saber por qué el primero.
Luego de ahogarme por primera vez, la vuelta al mundo de los vivos fue traumática y deliciosa al mismo tiempo, por fin Ana era mía, como la había soñado siempre, pero… 
No quisiera aburrirlos entrando en detalles del tormento que representó sumergirme en un escenario distinto al que habitaba pocas horas antes. Si fue sorprendente el cambio de Ana y su entorno luego de mi primer accidente, no deja de ser asombroso mi estado actual con Ivana, luego del segundo.  
A veces tengo la sensación de cabalgar simultáneamente en tiempos que corren por distintos carriles desfasados entre sí, transitar universos diferentes, donde coexisto sin la certeza de cual de ellos pertenece al presente, pasado o futuro. Donde la lógica  temporal parece  definitivamente quebrada.


Desde mi observatorio, aquí en lo alto del risco, de espaldas al hotel cuatro, miro con atención la atiborrada playa con la esperanza de encontrar algún detalle que me de alguna pista para resolver el problema. La música tropical sale como siempre de los parlantes de la pequeña choza levantada sobre pilotes en medio de la arena, donde dan masajes, y creo que tiran el Tarot. Más allá, la gordita que vende bikinis y los exhibe colgados de una cuerda atada a dos palos, atiende a su clientela que examina las prendas con ojos críticos.  Recuerdo que Ana se había comprado uno rojo, tan chiquito, que habíamos tenido una discusión por ello. Eso fue con la primera Ana, con la Ana de… la de mis celos infundados, con la Ana inalcanzable debido a mi propia imbecilidad.
Hoy, ahora, ellas son solamente una especie de espejismo en mi vida, una imagen virtual que llevo encima permanentemente. Momentáneamente no se que fue de ellas, aunque tarde o temprano las encontraré.  
La naturaleza me está jugando una mala pasada que por momentos me hace bajar los brazos. Vivir en dos o tres mundos diferentes desfasados en el tiempo, y que se reciclan permanentemente como el vórtice de una tormenta, no es moco de pavo. Pero aun no estoy vencido. 


Relato de VI apítulos.    
Próxima entrega:
Capítulo IV- domingo 19 de junio del 2001 

martes, 7 de junio de 2011

Sucedió en Chapadmalal-Capítulo II

                                    (Déjà vu)


    Parte II                      Arnaldo Zarza
¿Qué busco en el sitio que cambió mi vida?, no lo sé, tal vez algún indicio que haya  dejado suelto la naturaleza por ahí, quizá  intentar repetir el experimento, no, no una tercera vez,  difícilmente llegue a tanto. Mientras camino buceando en  las  profundidades de mi alma, trato de  recordar paso a paso mis últimos minutos de quince días atrás, o mejor dicho, de  cuatro años y quince días  atrás, pero antes no puedo dejar de comentarles como conocí a Ana, aunque me parece que estoy enmarañando un  poco el asunto, lo que dije al comienzo, en realidad  sucedió antes de las últimas vacaciones de verano. Ahora las cosas marchan viento en popa, me refiero a  lo  relativo de la relación que me une a Ana. El caso está aparentemente resuelto, pero, maldita sea… Lo que me pasa no es sencillo, ni siquiera se cómo explicarlo con cierta coherencia sin caer en una interpretación reñida con la cordura. Supongo que yo tendría que estar feliz por haber  recuperado los favores de Ana, y digo favores porque lo siento así, como un regalo del cielo, como algo impensado apenas dos semanas atrás.
Ana, es hermosa, eso salta a la vista, no es necesario ser un especialista para  darse cuenta de ello. Piernas largas, bien torneadas, muslos carnosos y tiernos, ojos verdes, que cuando miran lánguidos a través de esos párpados regordetes con pestañas  como abanicos, te  hace pensar  que sos el rey del universo; pechos grandes, como a mí me gustan, naturales, duros, pero no tanto, panza plana y sinuosa al mismo tiempo, culo: el mejor, lo  aseguro,  con decir que, cuando vamos por las calles los ojos masculinos bizquean como brújulas en pos del polo norte. Recuerdo la vez que paseábamos por la costanera tomaditos  de la mano, y de una camioneta desvencijada que se arrastraba lastimeramente por la avenida,  salió una ronca voz arrabalera que describió con crudeza y admiración la abundancia y buena disposición de sus redondeces, comparándolas con un poema. Ana, conciente de lo suyo, solo sonrió. Yo, por otra parte, me sentí orgulloso e inseguro al mismo tiempo. No era para menos, hacía pocos días que salía con el monumento viviente. 
Cuando la conocí y me dio bola, un año atrás,  no podía creer en mi suerte, tenía a la diosa entre mis brazos. No es que yo sea un adefesio o cosa por el estilo, más bien creo  que algo de pinta tengo, bueno,  tampoco es para tanto. 
El caso es que la chica era como miel para las abejas, los tipos zumbaban a su alrededor como moscas de letrina, la rubia tenía para elegir lo  que quisiera, altos, flacos, musculosos,  intelectuales, adinerados... o yo; que ante ese panorama decidí hacerme a un costado, mientras la multitud perseguía a la abeja reina en la fiesta de fin de año de la empresa donde trabajo. Al tiempo que la fauna caliente acosaba a la princesa, dos o tres tipejos, y un servidor, aprovechamos la ocasión  para picotear las sobras. La pelirroja con quién me puse a conversar no estaba del todo mal, yo había tomado unas cuantas copas y ella también, y parecía que todo lo que le decía le resultaba súper divertido, hasta me festejaba chistes que ni a mí me causaban gracia. Modestamente, la chica había sucumbido a mi seducción. Es lo que yo llamo “cuando  todo te resulta simpático porque el otro te gusta”. O tal vez  estaba borracha, aunque prefiero pensar en positivo. ¡Me la había ganado!
Bien, el caso es que me empecé a hacer el payaso, pensando, seguramente, que era un vivo bárbaro.  
-Hacé de cuenta que sos una rosa y yo un picaflor.- Le dije  moviendo los brazos en forma de aspas mientras brincaba sobre mis dos piernas como un idiota.  
-Je, je, ¿vos un picaflor y  yo una rosa, no?    
-Cerrá los ojos.- Fue lo más brillante que se  me ocurrió para darle un beso. 
-Las  rosas no tienen ojos.- hipó mientras los cerraba riendo a carcajadas.   
Fue  en ese instante cuando la vi venir, ya estaba a poco menos de un metro mío cuando me di cuenta que seguía moviendo los brazos como un estúpido, no se bien que fue lo que pasó por mi mente en esos momentos, solo se que giré para salir corriendo, tal vez de vergüenza, con tanta mala suerte que tropecé con una mesita ratona llena de  bocadillos y vasos de bebidas. Perdí el equilibrio, y para no caer traté de asirme a lo que fuera que estuviera a mi alcance, y a que no saben que agarré. Si, a la rubia: sentí que mi mano tomaba la tela del  vestido y se deslizaba por las curvas tibias desgarrando la ropa mientras trataba desesperadamente de no caer. No creo que el show haya durado más de un segundo, pero en el recuerdo lo tengo como interminable, finalmente enlacé su cintura, y por así decirlo me la llevé puesta. Caímos cuan largos éramos uno encima del otro, yo abajo. 
Su rostro estaba a menos de lo que  un hombre normal puede resistir, me miro, la miré, la  besé, me besó.
Nos quedamos un rato así, sonrió.
-Ana.- Me dijo.
-Arnaldo.
Nos levantamos ante la mirada atónita  de los espermatozoides que no pudieron dar en el blanco, yo todavía no tenía conciencia de lo que había pasado, nos fuimos riendo a carcajadas, seguramente por los efectos del alcohol, o tal vez porque nos gustábamos. 
La pelirroja seguía con los ojos cerrados,  seguramente se habría quedado dormida esperando el beso.


Relato de VI apítulos.
Próxima entrega:
Capítulo III- lunes 13 de junio del 2001

jueves, 2 de junio de 2011

Déjà vu



¿Le ha pasado que al presenciar una determinada escena o situación, tenga la sensación de haberla vivido previamente?
Emile Boirac, científico e investigador francés, (1851-1917), en su libro (El futuro de las ciencias psíquicas), da el nombre Déjà vu a este acontecimiento, qué, en síntesis, consiste en: (la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva). -Wikipedia-  
En este relato, el protagonista debe luchar contra una pegajosa telaraña de saltos temporales, vidas alternativas y Déjà vues que lo tienen prisionero en un caótico universo sin reglas ni concesiones.


Sucedió en Chapadmalal
                                                   
                             Parte I        Arnaldo Zarza

Las aguas de las playas de Chapadmalal son terriblemente frías para mi gusto. Eso no quita que cada tanto me de un chapuzón en ellas para confirmar la excepción a la regla.
Han pasado varios días desde que volví de la muerte, o algo así. En estos momentos la prioridad de mi vida consiste en reconstruir mi pasado inmediato, anterior al incidente que alteró las leyes de la física, y fundamentalmente, mi existencia.
Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen, en mi caso, el que vuelve es el cadáver, por así decirlo. Supongo inocentemente que algo va a salir a la luz si investigo la zona donde ocurrieron los hechos. 
Doy los últimos pasos que me separan del borde del acantilado, desde aquí arriba se tiene un panorama más amplio de la costa, pero quizá engañoso, las imágenes que observo parecen una postal sin muchos detalles, la primera impresión me dice que está todo igual que siempre, el mar frío y turbulento por un lado, por el otro, los acantilados donde estoy parado, y entre medio, las playas comprimidas  por ambos, con gente que toma sol, juega a  la pelota y  se tira al agua como todos los años desde que  tengo uso de razón. Observo mecánicamente lo que  parece una película que ya vi. Luego de una  eternidad vuelvo a la realidad e intuyo que allá abajo esta la clave del enigma que me carcome los sesos. 
Desde esta posición de privilegio reconstruyo mentalmente una y otra vez mis movimientos del día que morí dos veces.
Como decía, las aguas de  Chapadmalal son frías, y ese día mi estado de  ánimo no era  el mejor, por no  decir “el peor de mi vida”. 
Ya hacía más de dos horas que  transitaba sin rumbo y con la idea fija por el familiar paisaje de arena, sol, carpas, nubes, perros, música, cuchicheos, sombrillas, y gente que intenta pasar lo mejor posible sus días de descanso.  
Ya cerca de la escollera que cierra la playa, supongo que por algún tipo de protección, tres o cuatro viejos pescaban nada, mientras dejaban correr el tiempo observando el mar ligeramente encrespado. Encaré resueltamente hacia él, “el mar, claro”, aunque pensándolo bien, ya no estoy tan seguro que fuera “resueltamente”, lo que si estoy seguro, si se me permite la expresión, es que necesitaba imperiosamente refrescar mi alma, y allí iba. A  medida que me aproximaba a la amenazante masa verde, que avanzaba hacia mí ondulante, los sonidos se fueron haciendo confusos. 
Los ladridos de los perros que jugueteaban por las cercanías, así como los murmullos, y el lejano run run de los autos que corrían por la ruta frente a los hoteles, distantes a escasos quinientos metros, se fundieron con un sordo rumor proveniente del mar, que me envolvió en sus brazos fríos. Uno de los pescadores alzó la mano en señal de saludo, yo, mecánicamente  hice lo mismo, pensando que no era momento para cumplidos, pero dicen que la educación es lo último que se pierde. 
Bien, antes de seguir con esta historia, debo decirles que lo mío era mal de amores, quiero que lo sepan para que no quepan dudas, y eso no tiene cura, salvo el tiempo, dicen. También dicen que hay otra solución, y no es prudente que les haga pensar, debido a mi errática manera de recordar, en algo que nunca pasó por mi mente. Palabra.
Después de todo, no eran más que un buen par de tetas y un formidable culo, que sin dudas no los quería perder. Claro que estaba loco por ella y todo eso, pero de ahí a que optara por la solución final, no, bajo ningún punto de vista.
No niego que por momentos pensara en matarme, pero también es cierto que de  alguna manera especulaba con el melodrama: Ana se entera casualmente que su amado ha tomado la trágica determinación de quitarse la vida, Ana corre a salvarlo y a prometerle amor eterno. Pero juro que no pasó de ahí el intento. Solo imaginaba una y mil tretas  para  recuperarla.
Se  podrán imaginar que tenía el  cerebro chamuscado por el recuerdo de mi Ana, la veía hasta en la sopa, carajo… Debía terminar con ese calvario  de  alguna manera. 
Cada cuerpo rubio de bikinis breves que se situaban en mi mira durante mis interminables caminatas, erizaban mi piel y calentaban mi alma, al ver mimetizados en ellos a mi amada, para, al llegar a sus inmediaciones y encontrarme con la triste realidad: alguna vieja horrible, o la cuarentona  narigona de várices y rollos incipientes. Claro que no faltaban  las chicas lindas, o simplemente las que rajan la tierra, pero no eran mi  Ana, y eso duele, créanme que duele mucho.    
Eché a correr para zambullirme en el mar  de hielo, creí ver los  brazos  del último pescador que se agitaban para saludarme, o tal vez para alentarme.
Corté la ola gigante que se me venía encima entrando como por un tubo al corazón de  las  turbulentas aguas: dentro estaba calmo y oscuro. 
Como un segundo después sentí la puñalada de frío que me caló hasta los huesos. Creí convertirme en un bloque de hielo, aunque con sorpresa descubrí que podía seguir braceando, aunque a duras penas. 
Ana y mi angustia existencial habían pasado a segundo plano, al tiempo que una  aprehensión  funesta se instalaba rápidamente en mí. 
El inhóspito mar borró de un plumazo  mi vocación de héroe romántico. Basta… 
Ya era suficiente. Empecé a subir, el frío fue desapareciendo a paso acelerado, al poco tiempo ya no lo sentía, los segundos corrían sin misericordia mientras buscaba la salida de ese pozo sin fronteras. Según mis cálculos estaba cerca de la playa, y a no mucha profundidad, seguramente saldría a la superficie en cualquier momento, pensé, aunque no era más que una expresión de deseo. Me quedaba aun bastante aire en los pulmones como para preocuparme, pero, pero los segundos corrían y no veía la luz de arriba. Empecé a dudar si me dirigía en la dirección correcta: ya no estaba tan seguro de qué era arriba y qué era abajo. Estaba a punto de cambiar el rumbo cuando me pareció que el agua se ponía tibia, decidí no innovar. Cuando por fin vi un resplandor que  pensé sería el sol del mediodía, me  impulsé hacia él con fuerza, mientras gastaba el último resto  de aire de mis pulmones.
La claridad seguía allí, al alcance de mis manos, pero  me era imposible llegar a  ella.
Ya no daba más, estaba agotado y sin una gota de oxígeno en el cuerpo, me entró la desesperación y empecé a agitar los brazos con furia, sabiendo que ya no podría contener la respiración por un lapso mayor. 
No se cuanto tiempo después, una especie de corriente eléctrica sacudió mi cuerpo y súbitamente dejé de sentir la necesidad  de  respirar.  


Relato de VI capítulos.
Próxima entrega: 
capítulo II- Martes 7 de junio del 2011