viernes, 5 de noviembre de 2010

Lucas Demare

La guerra gaucha
Hablar de la “Guerra gaucha”, es un poco hablar de AAA, (Artistas Argentinos Asociados), quién la produjo.
En el año 1940, Enrique Muiño, Elías Alippi, Francisco Petrone, Ángel magaña, (actores), y Lucas Demare, (director), habitués del café” El Ateneo”, ubicado en Carlos Pellegrini y Cangallo, decidieron configurar una productora que trabajara en cooperativa al estilo de los "Artistas Asociados" de los Estados Unidos.  Enrique Faustín, quién trajo la idea, se encargó de la organización, y así, el 26 de septiembre de 1941 se firma el acta fundaciónal de “Artistas Argentinos Asociados”. 


La primera producción de la nueva empresa fue. “El Viejo Hucha”, 1942; con dirección de Lucas Demare y actuación de Enrique Muiño, Francisco Petrone, Nury Montsé, Francisco Petrone, Ilde Pirovano, Roberto Airaldi, Osvaldo Miranda, y elenco. 
Curiosidades: En este film, se ejecutó por primera vez "Malena", tango de Homero Manzi y Lucio Demare, cantado por Osvaldo Miranda. 
Alberto de Mendoza, de 19 años, tiene un pequeño papel en el film.   
La guerra gaucha:
Basada en la novela homónima de Leopoldo Lugones, con libro cinematográfico de Ulises Petit de Murat y Homero Manzi, fue y es una de las películas más importantes y exitosas de la historia del cine Argentino.


La producción de La guerra gaucha tendría que haber sido la primera de “AAA”, pero debido a la enfermedad de Elías Alippi, socio de la empresa e integrante del elenco, se pospuso la filmación. En el ínterin se rodó “El viejo hucha” donde Alippi no tenía participación. Luego del fallecimiento de éste, en mayo del 42, se inicia el rodaje del film en locaciones de Salta.   


Demare viajó a Salta para recorrer la zona y hacer el encuadre de la película sobre el terreno, y para filmar los exteriores hizo construir un pueblito a los pies de la majestuosa cordillera de Los Andes.
La película cuenta la historia de la guerra de guerrillas protagonizadas por los gauchos que lucharon contra el ejército de la monarquía Española en la provincia de Salta. Estos bravos patriotas, sin entrenamiento ni armas adecuadas, al mando del General Güemes, tuvieron en jaque al bien armado y comido ejército real. 
Gracias a ellos, en buena medida, el norte fue inexpugnable, y ayudó a consolidar la independencia.    
Se trata de una superproducción costosa y de difícl realización. En las escenas de gran despliegue colaboró el ejército, además, participaron mil extras y ochenta personas entre actores y técnicos.  
 
Sinopsis
El film de carácter épico sitúa la acción en el año 1817 en los bellos e inhóspitos parajes de Salta. 
En el pueblo donde transcurre la historia, el ejército real tiene un destacamento asentado, y  el sacristán de la capilla, Enrique Muiño, finge lealtad al rey, pero se las ingenia para pasar información vital a los gauchos, que ocultos en los montes de los alrededores esperan el momento propicio para atacar.
El teniente Villarreal, (Ángel Magaña), del ejército español, y peruano de nacimiento, cae herido y es hecho prisionero por el capitán Del Carril, (Sebastián Chiola), durante una escaramuza con los gauchos de Güemes. 
Del carril, decide recluirlo en la estancia de su amiga: la señorita Asunción, (Amelia Bence), hasta que cure, para entonces despenarlo en un duelo justo. 
El capitán Miranda, (Francisco Petrone), gaucho temperamental, aguerrido y picaflor, no ve con buenos ojos la decisión de Del carril, y en más de una ocasión intenta liquidar el entuerto con el teniente Villareal. 
Miranda, es padre de un pequeño que ayuda a los revolucionarios, este niño es un personaje clave en el desarrollo de la historia.   
                                                                                   
                                                                 ******
Lucas Demare indudablemente sabe contar historias, y ubica su cámara en el sitio justo, en el momento oportuno, con una puesta en escena sobria y convincente. 
Las actuaciones tienen sus altibajos, seguramente debido al origen teatral de muchos de ellos, y también, en ocasiones, a los diálogos, algo cursi para nuestra época. Pero nada de esto desmerece este excelente film, que por momentos brilla con secuencias memorables.
Demare filma las batallas con maestría, y las esenas intimistas con austera solvencia, dando a cada una de ellas su toque personal.
En cuanto a la actuación; Petrone le da una conmovedora intensidad dramática a su capitán Miranda, y lo detaca del resto del elenco. 
Este actor de rostro esculpido en granito, tiene el "fisic du roll",  ( Actor que sin caracterizarse tiene el aspecto físico del personaje), perfecto para esta memorable interpretación. 
Chiola cumple su rol con sobriedad, y Muiño, tal vez más temperamental, sobreactua un poco, aunque con su oficio, logra crear un clima tenso en el final de la historia.
Angel Magaña y Amelia Bence se desempeñan con corrección.   
Párrafo especial para el niño Carlos Campagnale, que aporta la ternura y simpatía requeridas por el personaje. 
Así como anteriormente dije que algunos dialogos eran algo cursi, también digo que hay diálogos que son de antología;
En una conversación del capitán Miranda con su mujer, le dice:
-Qué mañana ni mañana, hay dos cosas que no deben preocuparnos, Gimena, el día que pasó, y el que vendrá.
Luego, a la viuda de un compañero le dice:
-¡Cuantos hijos has tenido!-Y ella contesta:
-Es mi oficio.
En otra escena Miranda le dice a Del Carril:
-Y qué nos puede pasar, morir, pa eso estamos.
Es de destacar que en el cuerpo técnico figuran nombres que con los años serían piezas importantes en el cine nacional, e internacional.
Hugo Fregonese, asistente de dirección.
Bob Roberts, Director de fotografía.
Ralph Pappier, decorados.
Carlos Rinaldi, compaginación.
Rubén cavalloti, asistente de dirección.
La música es de Lucio Demare, hermano del director. Las danzas y cantos regionales de los hermanos Ábalos.
La guerra gaucha se estrenó el 20 de noviembre de 1942, y estuvo en cartel 19 semanas. La vieron 170.000. personas.
Debido a la inexperiencia en producción, y a la falta de recursos, la película no fue rentable para AAA, aunque sí para algunos excibidores que aportaron capitales para su finalización. La nueva empresa había malvendido lo que resultó ser una mina de oro.
                           Manzi, Demare y Petit de Murat.
Pero ese fue solo el comienzo de productora que  más talento aportó al cine nacional. 
Artistas Argentinos asociados.
Arnaldo Zarza 
                    Ver Trailer

La guerra gaucha. from arnaldo zarza on Vimeo.
Próximamente:
Capítulo XIII de La mansión satánica

lunes, 25 de octubre de 2010

LA Mansión satánica
                    Capítulo          XII
Benicio Liang Li, aferrado a la cabeza del doberman decapitado, luchaba infructuosamente contra las garras y dientes del perro sobreviviente. Ya cuando sus fuerzas menguaron por el esfuerzo y la sangre perdida, pareció darse cuenta de su eor, soltó la cabeza muerta y agarró la viva con todas sus fuerzas. Pero se dio cuenta inmediatamente que ni haciendo un esfuerzo sobrehumana tenía chances de separarse de su agresor. Y de a poco se fue entregando, resignándose a su destino, como muchos de sus ancestros.
Cerró los ojos, aflojó los músculos, y aún tuvo tiempo de proyectar una última imagen antes de morir: La de su madre…
A continuación sintió un sonido corto, seco y áspero, como cuando se corta el pasto con una hoz. Luego lo embebió una dulce calma, y finalmente la bruma embotó su cerebro. Y ya no hubo rayos ni truenos, solamente un manto negro de silencio.
A unos veinte metros del lugar, un hombre que venía presuroso en busca del joven Li vio parte de la orgía de sangre.
Ramiro, uno de los custodios de la mansión, que por necesidades fisiológicas volvía de un baño situado en uno de los extremos de la muralla circundante, vio al niño vagar sin rumbo por la espesura. Le gritó pero Li no lo escuchó. Entonces, apurando el paso trató de interceptarlo, aunque debido a la oscuridad reinante se le escabulló de la vista en más de una ocasión.
 Finalmente dio con él, en el mismo instante en que el gigante rubio decapitaba al doberman que estaba matando al chico, se paró al ver que el grandote salvaba al joven, pero su asombro casi no lo deja reaccionar cuando el supuesto salvador volvió a levantar la hoja afilada para rematar a Li. El custodio solo atinó a gritar, y esa acción salvó la vida del amigo de Julián, y se llevó la suya.
El rubio de la mirada helada escuchó el grito y detuvo el recorrido del machete cuando empezó a bajar en busca del cuello del oriental. Un formidable fogonazo iluminó a giorno el parque de los Ferguson como para señalar a quién osaba interrumpir la faena del azote del infierno, aunque no hacía falta tanta luz para localizar a Ramiro, que había quedado paralizado ante la intención asesina del gigante.
Lo que pasó a continuación fue vertiginoso, apenas duró unos pocos segundos. El hombre del machete con agilidad increíble dio un salto colosal, corrió por la hierba mojada y dio otro salto que lo ubicó en las narices de Ramiro. Llegó rápido, e hizo su tarea aún más rápido. El machete ya había iniciado la curva descendente dirigiéndose al cuello del infortunado guardia cuando este en un acto reflejo levantó ambas manos para protegerse. Los tres elementos fueron amputados limpiamente y cayeron ordenadamente al lado del cuerpo sin vida.  
El asesino miro su obra sin piedad, e ignorando a Li, que seguramente ya estaría muerto, siguió su camino rumbo al verdadero objetivo de su visita a la mansión de los Ferguson. 
Arnaldo Zarza
Próximamente: La guerra Gaucha, homenaje.
El film de Lucas Demare.

jueves, 21 de octubre de 2010

Ley de MURPHY, la ley primera.

       Ley de Murphy, no de López…
El domingo, desenredando el alargue del cable de la cortadora de césped, poco después del desayuno, donde partí dos o tres galletitas de agua intentando untarlas con manteca, y cuando finalmente logré mi objetivo y se me escurrió de las manos para caer en el piso del lado de la manteca, como corresponde, recordé la invariable contundencia de la ley de MURPHY.

El señor Edward A. Murphy Jr., ingeniero que trabajó para la fuerza aérea de los Estados Unidos a finales de los años cuarenta, observó en esos ya lejanos días, “que algo debe salir mal en algún momento de una acción”.  Y la cosa es así, sin vueltas ni perdón, sin respetar edades, sexo, ni condición social, como el moco*. (*Artículo anterior del BLOG).
Dicen que durante un experimento realizado en la base aérea Edwars, destinado a probar la resistencia humana a las fuerzas G, (gravedad), durante una desaceleración rápida, los instrumentos de medición electrónica instalados en el cuerpo de un chimpancé dieron cero de aceleración durante la prueba. Después se supo que esto se debió a un mal cableado por parte de un ayudante de Murphy. Supuestamente fue ahí cuando Murphy dijo «Si esa persona tiene una forma de cometer un error, lo hará», o tal vez, «Si puede ocurrir, ocurrirá», aunque hay varias versiones de lo que dijo y cómo lo dijo, el caso es que la pequeña frase resultó ser un gran paso para la observación de los pequeños y grandes desastres a los que estamos predestinados a sufrir.
También se puede deducir de este pequeño informe, que la ley de MURPHY, no es una ley, pues su cumplimiento es totalmente aleatorio, y en general de interpretación personal, pero como dicen de las brujas, que las hay, las hay.
Ya desayunado, pongo en marcha la cortadora, pequeña explosión, salta la térmica, debo arreglar el enchufe del cable, la semana anterior había andado lo más bien el maldito alargue, se me hace tarde, tengo que cortar el pasto y preparar el fuego para el asado, es el día de la madre y vienen mis cuñados/as a comer, mierda... tendría que haberlo cortado ayer, como me dijo Ali, pero bueno, ya está, arrancó la máquina. Sin más inconvenientes que pisar una cagada de gato, desparramar otra con la cortadora y cambiar la tanza de la bordeadora enredada con raíces, traigo el carbón. Tal vez fue el apuro, no sé, pero la bolsa se rompió y el carbón cayó sobre las baldosas recién baldeadas, no por mí… Bueno, después todo anduvo razonablemente bien, salvo las mejores fotos fuera de foco.
Hay incidentes atribuibles a la torpeza, el apuro, la falta de conocimiento o a las leyes de la física, y hay otros que  parecen conspirar en nuestra contra por el solo hecho de molestar. Seguramente todos y cada uno de ellos tiene una explicación racional, o tal vez lo tendrá algún día, pero para cada sufriente de estos percances de la vida cotidiana, hay veces que estos trastornos más se asemejan a un hechizo que a causas naturales.
Yo, por ejemplo, tengo este destino inevitable de dicha ley; al llegar a una caja de supermercado, una vez hecha la cola de diez o más personas y próximo al cajero salvador, se termina el rollo de la máquina registradora, o al sujeto a quien cobran en ese momento le rechazan la tarjeta de crédito, o se olvidó de pesar algo, o… Ya casi estoy resignado.

¿No te ha pasado de esperar vanamente un colectivo, y ya cansada/do, vas a la parada próxima a tomar otro, y, a mitad de camino llega el que esperabas y el otro?



¿Y cuándo llaman por teléfono y hay que anotar algo, funciona el bolígrafo que escribía lo más bien un rato antes?

¿Y la computadora, este artefacto que hace y deshace nuestras vidas cuando y como se le antoja?
La computadora en sí es un aparato misterioso y creo que valdrá la pena tratarla más profundamente en otra ocasión. Pero sin entrar en detalles como el WINDOWS y otros males necesarios, la “COMPU” es un ente que no siempre repite la misma acción al mismo pedido, y pareciera que cobra vida propia en momentos clave de nuestras vidas, y no precisamente para hacernos un bien.
¿Quién no tiene encima el recuerdo de pequeñeces tontas que nos complican más o menos la vida a cada instante?

¿Por qué entre tantas baldosas de la calle tengo que pisar la floja que moja mis tobillos?
¿Por qué hay aparatos que solamente andan cuando se les antoja?





¿Por qué se corta la luz antes de salvar un texto o una edición en el PREMIERE, por qué el día que decidí sacarle la batería a la NOTEBOOK?
¿Por qué no andaba la licuadora hace unos minutos, y cuando pedí auxilio, tocaron el mismo botón que yo había re-toqueteado y el aparato licuó tranquilamente la banana con leche?
¿Es necesario que se te caiga al subir al colectivo los diez centavos que completan el monto del pasaje?
¿Por qué nos toca la misma película cuando vamos y volvemos de un viaje? Me pasó con “Mi casamiento Griego”, que para la ida estuvo bueno, pero al volver… Hummmm, encima no tenía sueño.
Y así hay miles de preguntas y otras tantas respuestas que nunca terminan de satisfacer.
Me pregunto, ¿dónde van a parar las medias del par que no encontramos por ningún sitio?, ¿habrá algún arcón secreto del espacio-tiempo que las chupa por el mero hecho de reírse de nosotros, cuidando que siempre quede una de muestra?
Como final les dejo un comentario sobre anécdotas de la ley de MURPHY que leí en un BLOG y me pareció simpático. Lo escribió alguien, no es ficción.
Sic.
-El día que estás solo en casa y quieres hacerte una pajilla te cortan el hinternec.
                                                            Arnaldo Zarza
Próximamente: Homenaje a "La guerra gaucha"
El film de Lucas Demare.
y La mansión satánica: capítulo XII

lunes, 11 de octubre de 2010

Exsilium tu miser animus Zabulus

              La mansión satánica
                        Capítulo XI

Las velas de resplandor rojizo prestaban su escasa luz a los ritos ceremoniales de Ramón y Juana. 
Las delgadas volutas de humo desprendidas por los pabilos incandescentes, mechaban con destellos saltarines la nube grisácea de incienso derramada por los braserillos.
El living se pobló de niebla, invocaciones y súplicas.  
Cuando Juana y Ramón, mojados y magullados, se encontraron en el porche de la casa minutos después de salvar milagrosamente sus vidas, solo atinaron contemplarse, un buen rato, sin pronunciar palabras. Él, con ternura, le acarició el rostro con su mano de dedos callosos, haciendo a un lado el pelo revuelto manchado de sangre. Bastó esa comunión de roces y miradas para expresar lo que no dijeron con palabras. 
Desgraciadamente no había tiempo que perder ni tiempo para los sentimientos, debían poner manos a la obra inmediatamente, y así lo hicieron. No tardaron en prender las velas, ordenar los objetos rituales, quemar el incienso y calzarse los hábitos.   
Vade retro satanás, toocul domun lavelevu, Exsilium tu miser animus Zabulus, fueron las primeras palabras dichas en medio del vendaval, iniciando así  la verdadera batalla.  
La ceremonia fue creciendo en intensidad y también la tormenta, como si tratara de evitar la conjura contra el maligno.


Las ventanas y puertas de la vivienda gemían ante los tremendos embates que intentaban arrancarlas de cuajo, mientras los Leguizamón seguían concentrados en su tarea de cánticos y ruegos.
Absortos en el ritual, bajo la tenue luz de las velas, los caseros de los Ferguson, devenidos en sacerdotes, no notaron el corte de energía eléctrica que afectaba a la propiedad, y tampoco al gigante de botas de goma amarillas que se dirigía a la casa con un machete en la mano.  




Arnaldo Zarza
Próximamente: Homenaje a "La guerra gaucha"
El film de Lucas Demare.

viernes, 8 de octubre de 2010

No hay como el moco de pavo, limpio inofensivo…

El moco, siempre presente, es el motivo de este recordatorio.
Moco: sustancia pegajosa que quién más quien menos tuvo o tiene en su haber. Secreción que no respeta sexo, edad ni condición social. Exudación molesta e impertinente que se da cita en la nariz infortunada sin aviso ni recato. 
El moco, como todo disgusto endémico, tiene su recetario de cómo desprenderse de él, y cada individuo, a lo largo de su vida, elabora el método adecuado para su expulsión. 
Si se trata de moco fluido, el pañuelo es una opción civilizada... 
Aunque hay tipos que lanzan el contenido de sus narizotas ayudados por los dedos índice y pulgar, para luego desprenderse de  los restos gelatinosos con rápido frote en los pantalones, o a veces, si la nariz queda algo chancha, una caricia en la tela del pulóver que cubre el antebrazo le soluciona el problema. 
También existen los individuos que aspiran fuerte y se lo comen.  Sí, ya sé que es un asquete, pero es así, observa y verás que es cierto. 
Ahora, si los mocos endurecieron en el recinto olfatorio y nos molestan como la gran siete, ese es otro problema, que por supuesto, demanda otras soluciones.
Para estos menesteres, hay personas disimuladas, que nuca lo harían en reuniones sociales, misas o velatorios, ellas sacan lo que hay que sacar en la intimidad de su baño, el de la oficina, o el auto.
Otras, abiertamente se hurgan la nariz así estén al lado del Papa, el ginecólogo, o proctólogo, hasta encontrar el pedacito buscado donde fuere que esté, sin recato ni escrúpulo… Y en muchos casos, hasta parecen gozar de la faena. 
Y por último tenemos a los más cerditos, los que lo pegan bajo el pupitre, la mesa familiar, o, simplemente haciendo un bodoque lo disparan hacia cualquier sitio, que puede ser el sofá de enfrente, la heladera, el vidrio de la ventana, o por qué no, el plato de sopa del abuelo.  
Y si don Francisco de Quevedo dijo “En la nariz se le columpia un moco”, yo agrego que hay tipos que “En la nariz se le columpia un moco” y ni se mosquean. 
Arnaldo Zarza, no el que está arriba.
Próximamente: Homenaje a "La guerra gaucha"
El film de Lucas Demare.
En estos días: capítulo XI de "La mansión satánica"

martes, 5 de octubre de 2010

                La mansión Satánica
                      Capítulo X
Viernes 13, hora, 19, 55… Hospicio “San Valentín”, San isidro.
Llovía torrencialmente, como en toda la ciudad. Los internos cenaban. Los enfermeros remoloneaban jugando a las cartas, al dominó, o mirando por las ventanas, cruzadas de gordos barrotes metálicos, como el mundo se venía abajo.
Los pabellones donde albergaban a los peligrosos no tenían horarios específicos para las comidas. Un pasillo estrecho y largo, alejado del casco principal del hospital, conducía a las mazmorras donde pasaban sus días los irrecuperables. Algunos atados a los camastros, otros, sueltos en los calabozos de 2 por 3 metros, desprovisto de mobiliarios.
La habitación 33, como pomposamente llamaban al cubículo de paredes descascaradas y piso de cemento, albergaba al coloso rubio, quién sentado sobre el colchón de estopa asentado sobre el húmedo suelo, miraba fijamente la nada.
Jeremías tenía treinta años y estaba totalmente loco, aunque no parecía. Fue este el detalle que le permitió por mucho tiempo permanecer libre. Era un sujeto que podía engañar fácilmente a quién no lo conociera, pues su voz dulce y trato amable, cuando no estaba en crisis, hacían que la gente le tuviera afecto, como si fuera un niño desprotegido.
Pero Jeremías tenía la manía de matar, porque sí, sin motivo alguno, le gustaba matar.
Aunque los arranques de furia no eran constantes en él, sucedía cada tanto, sin motivos aparentes, y no duraban más de cuatro o cinco horas, las suficientes como para dejar un tendal de víctimas desparramadas por doquier. Debido a esa conducta ciclotímica, los médicos de la institución tardaron en darse cuenta que el interno 1234 era una bomba de tiempo en potencia. Pero por suerte ya estaba todo solucionado, había que aislarlo, medicarlo y ya no causaría problemas.
Hacía pocos días lo habían trasladado de la unidad de cuidados intensivos, donde estuvo sometido a todo tipo de inyectables, baldes de agua fría, electroshocks, patadas, trompadas y otras delicias de la medicina moderna. 
Por supuesto, los médicos no presenciaron cuando los muchachos se tomaron venganza por los compañeros descuartizados a manos del gigante de mirada angelical.
Matilde, la enfermera jefe de la noche, era una mujer de carácter fuerte e inmune al miedo. De unos cuarenta años, delgada, musculosa, no mal parecida. Fue ella quién dominó a Jeremías luego que este le cortara el pescuezo de un navajazo al guardia con quién jugaba al “royal ludo”.
Los compañeros del infortunado fueron incapaces de acercarse al rubio, que en estado salvaje revoleaba el cortante.
Matilde, esperó paciente un descuido, y cuando se produjo, saltó sobre él como un felino inyectándole una dosis de tranquilizante capaz de dormir a un elefante.
Meses después, cuando decapitó con un machete al cocinero, solo tuvo que hablar con él para que le entregara el arma y llevarlo dócilmente a su nuevo encierro, donde, como dije antes, los compañeros de los difuntos aprovecharon para vengarse de él.
Matilde, que no participó de esos actos, aunque los miraba por la rejilla de la puerta, sin embargo, lavaba sus heridas y le llevaba comida, de la buena. ¿Qué extraña relación había nacido entre la enfermera jefa y Jeremías?, nadie lo sabía, ¿cómo lograba dominarlo?, tampoco se sabía, y ella no daba explicaciones.
Lo que tampoco nadie sabía de Matilde; es que pertenecía a una secta de servidores de Satanás.
La puerta de la habitación 33 chirrió al abrirse en un breve descanso de truenos y relámpagos. Jeremías siguió mirando el ventanuco enrejado que daba al patio. La tenue luz de la lamparita colgada en el techo proyectó la sombra de la enfermera jefe sobre el gigante. Éste giró la cabeza en dirección a la de ella, que poniéndose en cuclillas, quedó a su altura.
Se miraron por un rato, luego ella habló, y  mientras lo hacía le acarició el rostro. Los ojos celestes del joven parecían llenos de amor. 
Matilde desenroscó la tapa de un pequeño frasco, metió dos dedos en él, y con ese ungüento pintó dos circulitos a cada lado de la frente de su protegido.
La luz blanquecina del rayo se metió por la pequeña abertura de la pared proyectando los barrotes en forma de cruz sobre la celda. El rostro de Matilde sufrió un cambio abrupto, fue breve, no duró mucho, sus hermosos rasgos trocaron a los de una vieja horrible. Él no cambió de expresión, la seguía mirando arrobado. Cuando el trueno llegó, ya había pasado todo, ella era la misma de siempre, le dio un beso en cada mejilla, le entregó una vaina larga de cuero y se retiró dejando abierta la puerta.
Jeremías no tuvo problemas para salir al exterior, al gran parque arbolado donde en los días propicios retozaban los internos a la luz solar.
Alberto, un compañero de infortunio, con quién había jugado al dominó en más de una oportunidad, lo vio venir hacia el murallón  donde estaba embebiéndose del temporal.
Alberto dejó de hablar con el ser imaginario y con sonrisa de oreja a oreja caminó hacia quién creía su amigo.
El machete que surgió de la cintura de Jeremías y se elevó al cielo brilló con el destello de un rayo lejano. Alberto siguió sonriendo después que su cabeza se separara del troco. El machetazo fue milimétrico, el corte, perfecto. La cabeza botó dos o tres veces en la grava para luego rodar por una colinilla hasta un gran charco. Alberto seguía sonriendo.
Jeremías limpió el machete en el pasto mojado, lo envainó, y antes de trepar al árbol por cuyas ramas se deslizaría a la calle contigua, dijo:
-Chau.
Una “trafic” lo esperaba abajo.
La propiedad de los Ferguson estaba amurallada, y en la parte superior, electrificada.
 La trafic estacionó muy lejos del portón de entrada, en un paraje donde ni vecinos había. De su interior salieron tres personas, una de ellas subió por la escalera que levantaron en el techo del vehículo hasta alcanzar los postes de energía eléctrica zonal.






Con una pinza, el tipo de manos enguantadas cortó como si fuera manteca el grueso cable de la red domiciliaria. Se hizo la oscuridad, solo interrumpida por los rayos que de tanto en tanto daban una imagen siniestra a la propiedad.
El hombre que cortó los cables bajó e inmediatamente orientaron la escalera para apoyarla en el muro. 


Jeremías subió, pero antes, la jefa de enfermeras del hospicio le puso una cadenita al cuello, de la cual colgaba una medalla con el grabado de la cifra 666, o 999, según como se la mire. Inmediatamente después le entregó un paquete que se lo puso en el bolsillo del piloto de goma amarillo que tenía puesto y le dio un beso de despedida en la mejilla.
El coloso rubio se descolgó de la soga para pisar la propiedad de los Ferguson y caminó derecho hacia su primer objetivo.
                                        Arnaldo Zarza
Próximamente: Homenaje a "La guerra gaucha"
El film de Lucas Demare.
En estos días: capítulo XI de "La mansión satánica"